La derrota de las humanidades: el extremismo
En algún momento de su trayectoria intelectual, y de acuerdo con el sicoanalista y escritor argentino Gustavo Dessal, el filósofo, politólogo, jurista y uno de los fundadores de la sociología alemana moderna Max Weber (1864-1920) afirmó lo siguiente:
“La historia muestra que para conseguir lo posible hay que perseguir lo imposible una y otra vez”. Parecería un pensamiento banal, de autocompasión; o cuando menos, una idea quimérica, una pretensión utópica, que como toda utopía que se plante y se respete, debe asumirse como un imposible a cuyo propósito no podemos renunciar.
Al venir tratando en varias entregas el tema de la derrota de las humanidades como una suerte de callejón sin salida al que nos conducen el extremismo de la racionalidad tecnológica posmoderna, por un lado, y por el otro, el delirante torrente consumista del capitalismo salvaje, especulativo e inhumano, en oposición a un supuesto nuevo socialismo posguerra fría y pos-derrumbamiento del vergonzoso Muro de Berlín, cuyos fundamentos no esconden ni el totalitarismo ortodoxo ni la inviabilidad económica, mucho menos la demagogia, quisiera despejar algunos posibles síntomas de carácter melancólico-intelectual que podrían confundir mi modesto objetivo y, consecuentemente, llevar al lector a una conclusión lejana al propósito de la reflexión.
No se pretende desconocer la importancia del avance de la tecnología, de la tecnociencia, de la bioética ni de la nueva dimensión ciberespacial de la realidad virtual (que, según Michel Serres, se inició con Homero y pasó después por Proust) para el establecimiento de las grandes conquistas de la humanidad y las mejoras sustanciales en su conocimiento del entorno, en su estilo y calidad de vida. Mi llamado ha ido en la dirección de significar que para continuar con el desarrollo de la racionalidad tecnológica en el ser humano del siglo XXI no necesariamente se tienen que despreciar los valores espirituales, humanísticos que, también sobre la base de cruentas luchas y grandes duelos intelectuales y morales, la sociedad ha ido conquistando a través de su historia.
Cierto que vivimos, y no por casualidad, sino, por causalidad de la razón, en la era del conocimiento y la globalización de la economía, los preceptos sociopolíticos, el conocimiento y la cultura.
Nada de la vuelta nostálgica al pedido dieciochesco del buen salvaje. Pero, se trata de la misma razón que se ingenió las más despiadadas técnicas de castigo, las cámaras de gas del nazismo, la bomba atómica, las armas químicas, el fusil automático, los misiles dirigibles y los drones, entre otros artefactos de aniquilación y horror. Porque, ciertamente, hay en la razón humana un fondo demasiado irracional y bestial.
La disyuntiva no está en los polos civilización o barbarie. No se trata de la razón y el espíritu como entidades antitéticas. No hay por qué limitarse al dilema del conocimiento científico como verdad absoluta, mientras que la imaginación o la invención artística han de ser vistas como lo no verdadero o lo falso. Esos son solo paradigmas ilusorios.
El mal radical de nuestro tiempo estriba, precisamente, en colocarse ciega, irracional y violentamente en un extremo. De ahí la polaridad inducida entre conocimiento científico y ética, por ejemplo; como si no fuese hermoso soñar con que la ciencia, la ética y el arte crezcan cada vez de forma más empática.
Otra polaridad capciosa es la que presenta como hemisferios abismales la educación en ciencias y matemática frente a las disciplinas humanísticas, últimas que menosprecia y sesga el saber cientificista duro, que reduce la verdad a la construcción de conceptos adecuados a la realidad; como si fuese siquiera pensable una sociedad sin valores humanos.
Demasiado conocimiento sin emocionalidad; o bien, demasiada pasión dogmática sin conocimiento (eso que ahora llamamos fundamentalismos) es lo que ha relativizado y degradado el precio de la vida humana, el sentido último de la existencia, que no es otro que el de llegar a ser mejores seres humanos, para construir unidos un mundo más armónico, justo, equilibrado.
El extremismo limita la mirada a solo una perspectiva e impide la probabilidad de escuchar la hermosa sinfonía entre el consenso y el disenso. El extremo quiere siempre ser absoluto.
