La derrota
La noche del 15 de marzo, cuando el equipo dominicano se enfrentaba al colectivo estadounidense en la semifinal del Clásico Mundial de Béisbol, las expectativas sobre los resultados iban manifestándose en modo “montaña rusa”; por momentos percibíamos cerca la victoria que nos conduciría al juego final del día 17, pero, al producirse el out 27, en una jugada discutida, se consagró una amarga y tormentosa derrotada que descolocó la mente y los corazones del equipo y la fanaticada dominicana.
Los análisis no se hicieron esperar, argumentaciones, creencias, criterios amparados en estadísticas, etc, trataban de darle algún sentido al sinsabor provocado por ese dramático e inestimable desencuentro.
Movido por la sensación de desolación y desconsuelo del país ante ese inesperado resultado, comencé a reflexionar, para compartir con ustedes en este espacio semanal, sobre la dificultad que supone para los seres humanos la gestión de la derrota en cualquier quehacer vital.
La derrota y sus caras
Si nos acogemos a una definición práctica, la derrota no es más que el momento en en el que la realidad se impone sobre nuestra voluntad, y nos obliga a mirarnos sin vestiduras ni adornos. La derrota no es el fin de un camino, es más bien un punto de quiebre; el instante en que descubrimos de qué estamos hechos. Es en la desventura, y no en la conquista, donde se revela el carácter.
La derrota y sus facetas
Está la derrota honrosa, la que dignifica al que la sufre, porque detrás de ella hay esfuerzo probado y riesgo real. Solo pierde quien genuinamente compite. Otra es la cara de la enseñanza, la derrota como maestra, la que nos muestra lo que la victoria nunca podría: las grietas propias, los errores de juicio, la soberbia disfrazada de confianza y sobrestima. También se manifiesta la derrota que libera, la que se coloca con fin determinado, indicando el camino más expedito, la vía correcta.

La evolución de la humanidad no se ha construido, en el fondo, por las historias de sus victorias. Ha sido el relato de cómo sus protagonistas se levantaron después del infortunio. En ello existe una fuerza misteriosa que impulsa a los seres humanos a intentarlo de nuevo cuando todo parece perdido, es el encontrar sentido en el fracaso y en convertir la derrota en el primer capítulo de una historia mayor, más prolija y renovada. Esa capacidad, que los psicólogos llaman resiliencia no es un don reservado para unos pocos. Es, quizás, la más profunda característica humana.
En el mundo del deporte los ejemplos abundan con sobrada locuacidad. El astro del baloncesto Michael Jordan fue separado del equipo de su escuela secundaria porque su entrenador consideró que no tenía el nivel suficiente. Aquel adolescente que, en su día lloró desconsoladamente, utilizó ese obstáculo como fuente de energía para convertirse, años más tarde, en el más influyente y trascendente jugador de la historia de la NBA. El deporte enseña, con una precisión pedagógica incomparable, que la derrota más que sentenciarte, te cuestiona: ¿qué harás con esto?
La política es terreno fértil para la gestión de la derrota, donde los golpes son tan públicos como dolorosos. La política ha producido historias extraordinarias y resilientes. Winston Churchill, por ejemplo, fue un político signado por los tropiezos durante décadas, marginado por su propio partido, considerado un excéntrico peligroso. Su pertinaz postura frente a las adversidades lo colocaron en el más delicado momento de la historia política del Reino Unido, cuando en 1940, en medio de la Segunda Guerra Mundial, asumió la jefatura del gobierno británico, fortaleciendo un soberbio e indiscutible liderazgo que salvó a Europa, imponiéndose sobre el nazismo.
En el ámbito de la ciencia el fracaso no es la excepción, sino el método. Thomas Edison realizó más de mil intentos fallidos antes de lograr que una bombilla funcionara de manera estable. Cuando un periodista le preguntó cómo se sentía habiendo fallado tantas veces, Edison respondió que no había fallado, dijo: “Lo que he descubierto son mil formas en que la bombilla no funciona”.
El mundo creativo tiene en J. K. Rowling un ejemplo muy elocuente. Fue rechazada por doce editoriales antes de que alguien apostara por su historia sobre Harry Potter. Hoy, al constatar los indiscutibles éxitos que produjo, esos rechazos y animosidades que padeció parecerían incomprensibles, pero en su momento fueron derrotas reales que una mujer sola, sin empleo y con una hija pequeña, tuvo que absorber y gestionar.
Donde el fracaso exhibe mayor protuberancia y contundencia es, sin dudas, en las relaciones humanas. Un divorcio, la pérdida de una amistad que se creía eterna, el distanciamiento de un hijo, la traición de un ser amado, son derrotas sin las ostentaciones de tribunas ni cámaras, pero con la sobrecarga de un peso invisible. Sin embargo, millones de seres humanos han logrado el restablecimiento de sus vidas afectivas después de las peores rupturas; han aprendido a amar de otra manera, con más sabiduría y, muchas veces, con mayor profundidad y certidumbre que antes. La madurez emocional no se consigue en los momentos de dicha, sino en la lenta reconstrucción después de la afectación.
Lo que hace posible esta capacidad de reponerse no es la ausencia de dolor —nadie supera una derrota sin sentirla—, sino la manera en que se le da significado. El filósofo Viktor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración nazis, observó que los prisioneros que lograban sobrevivir psíquicamente eran aquellos capaces de encontrar un propósito más allá del sufrimiento inmediato. No se trataba de ignorar el horror, sino de encontrar una razón para atravesarlo. Esa capacidad de construir sentido en medio del desastre es lo que distingue a quienes se reponen de quienes se quedan atrapados en la derrota.
Los grandes líderes, atletas, artistas, empresarios, creadores y personas ordinarias que han llevado vidas extraordinariamente dignas comparten algo: la convicción de que un hecho desafortunado no los define, pero sí los forma. La derrota, bien procesada es quizás el más honesto de los maestros. No promete, no halaga, no miente. Sólo pregunta con claridad meridiana, como le preguntaríamos, por ejemplo, al equipo dominicano: ¿volverían con más fe y determinación a un próximo clásico? Por supuesto que sí.
