Desde el mismo origen de la humanidad, uno de los más ambiciosos retos lo ha constituido el persistente deseo de ser feliz. La búsqueda de la felicidad es una de las fuerzas más constantes y universales de la experiencia humana. Cambia de forma según la época y la cultura, pero su impulso de fondo —vivir bien, evitar el sufrimiento y dar sentido a la vida— se mantiene inalterable en el devenir del tiempo.
¿Qué entendemos por “felicidad”?
En términos generales, la felicidad ha sido concebida en múltiples vertientes, desde el bienestar subjetivo, o lo que llanamente entendemos como “sentirse bien”; en una concepción más profunda, se relaciona la felicidad con la plenitud vital, vivir de acuerdo con lo que consideramos valioso. Brindar certidumbre, sentido, propósito a la vida, y que esta valga la pena.
Estudios biológicos sugieren y asocian el deseo de felicidad a la supervivencia, algunos ejemplos lo edifican: El cerebro premia con placer conductas útiles, tales como comer, reproducirse, vincularse y, como elemento de contraste, se provocan alertas a través de reacciones adversas como el dolor y el malestar. Para los profesionales de la conducta, la felicidad actúa como un sistema de recompensas que orienta a las mejores decisiones.

La felicidad y la psicología
Para el psicólogo estadounidense, Abraham Maslow, “la felicidad no es un ideal moral, sino un mecanismo adaptativo”. El ser humano busca seguridad, afecto, reconocimiento y sentido y, justamente la ausencia de estas conquistas, es lo que produce sufrimiento y alteración nerviosa. Maslow sostuvo que la felicidad surge cuando hay coherencia entre deseos, acciones y entorno.
Uno de los padres fundadores de Estados Unidos, Benjamin Franklin, escribió un texto llamado “Autobiografía de un hombre feliz”.
En él, aborda con estilo coloquial y resuelto, minuciosos aspectos de su vida a inicios del siglo XVIII. Si bien su infancia estuvo marcada por una vida de sin igual complicación por la relación con sus hermanos, sus viajes a distintas ciudades, en lo que hoy conocemos como la costa este de EE. UU., buscando mejor suerte económica, no menos cierto es que la búsqueda de la sensación de libertad, de alegría y satisfacción no lo condicionó al contexto externo que se le presentaba, sino al cultivo de una vida prodigiosa interiormente.
Este embriagante texto biográfico de Franklin, nos conduce a una conclusión con determinación y nitidez: la felicidad no depende sólo de lo que pasa, sino de cómo lo vivimos.
Los caminos de la felicidad han construido rutas filosóficas, religiosas, espirituales y, el propio contexto actual de sociedad moderna y tecnológica, refiere sobre sus propios criterios de felicidad.
Para la religión, la felicidad plena no es terrenal, sino trascendente. Se vincula con la salvación y la armonía con Dios. El sufrimiento es visto como parte esencial de ese camino de consagración.
Pensadores como Sigmund Freud advirtieron que el ser humano desea ser feliz y que, consiente de ello, emprende la búsqueda de su objetivo esencial, pero, concomitantemente, vive en conflicto permanente entre deseos, normas y realidad.
Byung-Chul Han ha reflexionado filosóficamente sobre este apasionante tema, infiere: “Con la modernidad, la felicidad se vuelve un derecho individual. Se asocia a progreso, libertad, bienestar material”.
Le felicidad vista en el ágil e intempestivo mundo de hoy, equivaldría a una sumatoria de éxito profesional, consumo y visibilidad, siendo contrastada como paradoja y contradicción a que mientras más medios, más ansiedad y vacío existencial.
Las ansias humanas no conocen limites
La filosofía clásica lo expresó sucintamente: cuando cumplimos un deseo, no se apaga el motor, sólo cambia de objetivo. Para el estoicismo, el ser humano no puede pensar en la felicidad como un premio final, sino como una plenitud que exige una virtud sostenida y permanente.
La mente se adapta con suma rapidez. La psicología moderna lo llama adaptación hedónica, lo que ayer nos hacía felices, hoy se vuelve normal. Los ejemplos pululan por doquier: un ascenso, un reconocimiento público, una meta cumplida, producen placer; luego se vive el proceso de la estabilización y, consecuentemente, caemos en la necesidad renovada de solicitar más. Cuanto más obsesivamente perseguimos la felicidad, más se nos escapa.
Una experiencia extrema
El psiquiatra, neurólogo y pensador austriaco Viktor Frankl narra, en su desgarrador libro llamado “El hombre en busca de sentido”, su testimonio sobre la experiencia vivida como prisionero en campos de concentración nazis y, al mismo tiempo, le otorga al lector una profunda reflexión psicológica y filosófica.
Frankl describe cómo, en condiciones extremas de hambre, violencia y deshumanización, algunos prisioneros lograban sobrevivir no por su fortaleza física, sino por conservar un propósito: el amor a alguien, una tarea pendiente o la fe en que su sufrimiento tenía un sentido. El libro muestra cómo la pérdida de sentido llevaba rápidamente a la apatía y a la muerte interior, mientras que encontrar un “para qué vivir” se convertía en una fuente de resistencia moral.
Una vez descrita, con insoslayable brillantez, sus vivencias en los campos de concentración, Frankl, en la segunda parte del libro, desarrolla su propuesta de la logoterapia, una corriente psicológica basada en la idea de que la principal motivación del ser humano no es el placer ni el poder, sino el sentido. Sostiene que “cuando no podemos cambiar las circunstancias, siempre somos libres de elegir nuestra actitud frente a ellas”.
El mensaje central del libro es que la vida conserva su significado en cualquier situación, incluso en el sufrimiento, y que la verdadera dignidad humana reside en asumir la responsabilidad de responder a la vida con conciencia, libertad interior y compromiso con valores que trascienden al individuo.
La felicidad, al no ser un objeto que se alcanza y se guarda, sino una experiencia cambiante, atravesada por nuestra mente, el deseo y el tiempo, se transforma en una búsqueda infinita.