La mañana del miércoles pasado me escribió un amigo del corazón para darme una noticia que me dejaría aturdido por días: Juan Manuel Guerrero había muerto.
Para entender ese desconcierto, y el dolor generalizado que su partida inesperada causó, sólo había que conocerlo. Juan Manuel es legendario en el mundo jurídico porque era un verdadero hombre del Renacimiento: sabía mucho, y de todo. Sus conocimientos jurídicos sólo quedaban opacados por su erudición. En ejercicio de su genialidad, Juan Manuel lo fue todo: abogado, fiscal, juez, maestro.
Pero lo verdaderamente trascendente en él era su capacidad para conjugar esa capacidad intelectual avasallante con la modestia, la empatía y la generosidad. Era del tipo de persona que te hablaba emocionadamente de un libro que tenía en las manos y te lo regalaba, sin haberlo terminado, para que lo disfrutaras tú también.
Pero era, sobre todo, un hombre bueno que quería con desprendimiento. Así amaba a Johanna, su esposa, con una intensidad que ni sabía, ni podía, ni quería disimular. A su familia, de la que hablaba siempre con devoción casi religiosa. A sus amigos, especialmente a hermanos que le dio la vida, como Manuel, Olivo y Gilbert. Eran muchos sus amores, muchos sus amigos del alma. Sólo él podía decir cuántos eran y cómo los quería.
Lo conocí hace casi treinta años. Fue mi maestro, mi colega, mi amigo. En los últimos años llevamos un caso en el que coincidíamos en las pretensiones. Con su permanente humanidad ignoró las inseguridades y necesidad de aprobación que yo tenía de quien era, aún en ese momento, mi maestro eterno. Su ausencia es un laberinto que me tomará mucho tiempo resolver.
La última vez que nos comunicamos, él me escribió saludándome con su acostumbrado “amigo querido” y la lámina digital roja con una cafetera con la que daba los buenos días.
El día antes, a solicitud suya, le había enviado jurisprudencia constitucional para un caso que estaba llevando. Cometí un error, y él me escribía para aclararlo. Lo hice y se despidió diciéndome, con la picardía de quien nunca perdió el gusto por aprender: “Eso haré, querido. Gracias a ti, tengo entretenimiento garantizado”.
Fueron sus últimas palabras para mí.
Juan Manuel, querido, hoy sólo me queda responderte, tarde, que, con tus enseñanzas, tu ejemplo y tu cariño, me dejaste a mí suficiente para aprender el resto de mi vida.