Mucho antes de convertirse en uno de los grandes símbolos del cine de acción de finales del siglo XX, Jean-Claude Van Damme era un joven que se sentía fuera de lugar. Delgado, sensible y lejos del estereotipo de fortaleza que más tarde lo definiría en la pantalla, el actor belga atravesó una juventud marcada por la inseguridad, la autoexigencia y el deseo constante de demostrar su valía.
En una entrevista reciente con Marc Fennell para The Feed, de SBS, Van Damme abrió una ventana poco habitual a su pasado, desmarcándose de la imagen del héroe invencible. “La gente no sabe lo sensible que soy”, confesó, dejando claro que detrás de los músculos y las patadas icónicas existía —y existe— una personalidad mucho más compleja.
Desde niño, su físico fue una fuente de conflicto. “Era muy delgado”, recuerda, en un contexto donde la fortaleza corporal solía imponerse como medida de respeto. En los gimnasios y espacios de entrenamiento, esa fragilidad aparente lo colocaba en desventaja frente a compañeros más grandes y experimentados. Sin embargo, lejos de rendirse, Van Damme convirtió esa diferencia en un motor interno.
Para él, la delgadez no fue solo una limitación, sino también una oportunidad. “Tienes margen de mejora, y depende de ti que tu cuerpo mejore”, explicó. Esa mentalidad lo llevó a entrenar con obsesión, a exigirse más de lo que muchos considerarían razonable y a asumir desafíos que no correspondían a su edad.
A los 16 años ya se entrenaba y combatía con adultos mucho mayores en gimnasios europeos, en una época en la que las artes marciales aún eran incipientes en el continente. El entorno era duro, competitivo y poco indulgente con los jóvenes. Aun así, Van Damme insistía en integrarse, aprender y medirse con quienes lo superaban en fuerza y experiencia.
Ese espíritu de superación constante moldeó su carácter, pero también sembró una presión interna que lo acompañaría durante toda su vida. Con el paso de los años, esa exigencia se trasladó al cine, donde el éxito amplificó la mirada ajena y la sensación de no poder fallar.
“La gente te observa todo el tiempo, sientes que no puedes cometer errores”, admite. En los rodajes, más allá de la técnica o la acción, su preocupación principal era humana: conectar con el equipo, estar atento a cada gesto, cumplir con expectativas que muchas veces él mismo elevaba hasta lo imposible.
Aunque el público lo percibió durante décadas como un “tipo duro”, Van Damme sostiene que esa imagen ocultó una sensibilidad profunda. Esa dualidad —fuerza exterior y fragilidad emocional— se convirtió en una constante tensión interna. “Siempre luchando por ser mejor”, dice, reconociendo que ese impulso, aunque clave para su carrera, tuvo un alto costo personal.
El actor no esquiva las sombras de su historia. Habla abiertamente de una vida afectiva marcada por rupturas, matrimonios fallidos y relaciones inestables. Define su experiencia sentimental como un “desastre”, en gran parte alimentado por la obsesión de no fallar, de exigirse más allá de lo saludable.
A ello se suman episodios complejos de su vida privada: trastorno bipolar, problemas con las drogas y una constante batalla interna por mantener el equilibrio. Todo ello contrasta con la imagen pública del héroe imbatible que millones de espectadores admiraron en la gran pantalla.
Hoy, al mirar atrás, Van Damme ofrece un relato que va más allá de la fama y el éxito. Su historia no es solo la de un actor que triunfó en Hollywood, sino la de un hombre que pasó gran parte de su vida luchando consigo mismo, intentando reconciliar su sensibilidad con un mundo que esperaba dureza.
Lejos del mito, su testimonio invita a replantear la idea del éxito y a entender que, incluso detrás de los íconos más fuertes, existen inseguridades, heridas y una humanidad que rara vez se muestra.