Amigos muy sabios me han dicho que el poder es una droga poderosa. Altera la conducta de quienes abusan de sus atributos.
Estudios científicos demuestran que el poder político, igual que sustancias adictivas, produce cambios en el cerebro y la mente, activando circuitos neuronales por la dopamina, que proporciona un placer intenso difícil de desdeñar. Hay consecuencias destructivas y corruptoras al debilitar la voluntad moral en búsqueda de esa gratificación.
Los psicólogos denominan al fenómeno “desorden de abuso del poder”. Lo dijo de otra manera Balaguer en su novela Los Carpinteros con la frase “si quieres saber quién es Mundito, dale un mandito”. Pero no se trata sólo del poder político, sino que la tradición dominicana de flagrante impunidad obra en muchos soberbios igual que el alcohol u otras sustancias: hace creer que somos invisibles.
Es una de las explicaciones para cierto comportamiento en público de gente de todos los estratos socioeconómicos. Hay quienes usan como escudo la horrible expresión "¿usted no sabe quien soy yo?”. Otros engreiditos o Munditos en vez de saludar al llegar se quedan esperando vanas pleitesías.
El lisio no es sólo de ahora sino una penosa costumbre añeja. Los más cutres creen que su fama les da licencia para exhibirse en lugares decentes acompañados por mujeres públicas. Recuerdo a un célebre cantante a quien un compatriota suyo conminó a no desprestigiar su excelente restaurante llevando a cenar a mariposas criollas. Entre políticos, el súbito bienestar del poder a veces los hace creer que los demás son estúpidos.
Uno me dijo, al ver que admiraba su reloj suizo de sesenta mil dólares, “me lo regaló hace mucho mi papá”, que había fallecido meses antes de que ese modelo de reloj saliera al mercado. El síndrome de la invisibilidad da para profundos estudios sociológicos, no sólo psicológicos.