Lunes, 20 de mayo, 2019 | 7:20 pm

Implosión incesante…



La poblada en Haití este fin de semana me recordó la nuestra de 1984, solo que aquí el Ejército y la Policía reprimieron sangrientamente a los manifestantes y evitaron mayores saqueos y desgracias.

Pero en ambos casos, multitudes enardecidas azuzadas por políticos que luego pierden control de las turbas, fueron carne de cañón tras lo cual de poca cosa sirvieron las protestas.

En Haití el alza de casi 40 % al precio de los combustibles fue revertido, pero falta cuantificar el enorme daño a la economía, con buena parte de los negocios formales que pagan impuestos destruidos por fuego o saqueo.

Los desórdenes, vistos aisladamente, escapan al contexto de la creciente inviabilidad social, política y económica de Haití, cuyos ricos solo creen en expoliar a su población sin invertir un chele en nada que no deje pingües e inmediatas ganancias.

Esa ceguera por inmediatez, esa inhumana angurria, esa torpe incapacidad de gestionar la propia patria, demostrada hasta la saciedad, debería obligar a dejar tanta hipocresía para la ONU intervenir ese desventurado territorio.