Honorables y venerables

Patricia Arache
Patricia Arache

República Dominicana está entrando en una nueva etapa demográfica y así lo muestran las más recientes proyecciones de la Oficina Nacional de Estadística (ONE) que establecen una reducción sostenida de la fecundidad y un incremento constante de la esperanza de vida, que alcanza los 75.7 años en éste 2026, lo que significa que el país avanza hacia una estructura poblacional cada vez más envejecida.

Los cambios son significativos. Mientras la población menor de 15 años representará alrededor del 25 % de los dominicanos, la población de 65 años y más se sitúa ya en torno al 9 % y alcanzará aproximadamente el 17 % hacia 2050, según las proyecciones oficiales.

Además, la ONE prevé que, por primera vez en la historia nacional, hacia mediados de siglo habrá más adultos mayores que niños y adolescentes.

En ese contexto, adquieren especial relevancia quienes han alcanzado o superado los cien años de edad, aunque, sobre ellos, las estadísticas disponibles no publican un recuento oficial específico para este casi concluido año.

Las proyecciones demográficas nacionales e internacionales evidencian que este grupo continuará creciendo como resultado del aumento de la longevidad y de las mejoras acumuladas en las condiciones de vida y atención sanitaria.
Recuerdo que en mi niñez y, también en mi adolescencia, las personas que superaban los 35 o 40 años de edad eran considerados viejos, un término que ya en estos tiempos está casi en desuso so pena de que alguien te acuse de estar discriminando a las personas por no pertenecer a un grupo etario de tu preferencia.

Hoy, viendo el panorama global, hay que convenir en que detrás de cada persona con cien años o más existe una historia excepcional, porque son hombres y mujeres que atravesaron épocas de profundas transformaciones sociales, económicas y tecnológicas.

Han sido testigos de cambios políticos, económicos, sociales y culturales que abarcan desde la expansión de la educación y los servicios de salud hasta la revolución de las comunicaciones y la digitalización de la vida cotidiana, que cubre, incluso, hasta el propio pensamiento.

Llegar a los cien años no es únicamente cuestión de tiempo, sino que también supone haber superado adversidades, crisis, pérdidas y desafíos personales que ponen a prueba la capacidad humana de resistir y adaptarse.

Lo sé, porque conozco a Tito Antonio García González, nacido el 10 de enero del año 1923, en Baní, provincia Peravia. Él, a sus 103 años de edad, constituye un ejemplo de vida para su familia, su comunidad y para todo el que lo ha tratado.

Es un hombre de profunda bonhomía, padre de cinco hijos, abuelo de decenas de descendientes, tío, hermano, primo, vecino, amigo solidario, que representa a una generación cuya experiencia y sentido de la responsabilidad contribuyeron a la creación de honorables familias.

En la persona de Tito Antonio García González, quiero reconocer a los centenarios de República Dominicana y del mundo, porque ellos mantienen vivos los legados familiares, conectan generaciones, preservan la memoria colectiva y confirman que los años pueden multiplicar el valor de una existencia y darle sentido a todo.

Las estadísticas son indispensables para comprender el fenómeno del envejecimiento poblacional. Sin embargo, ninguna tabla demográfica puede medir lo que representa para una familia conservar la presencia de una persona que ha vivido un siglo completo. Ningún indicador puede cuantificar el valor de una memoria que abarca generaciones enteras.

Las proyecciones de la ONE plantean desafíos importantes para el país en materia de salud, seguridad social y sistemas de cuidado, que debe asumir el Estado y conjuntamente con esto, también una obligación moral que corresponde a las familias: el respeto y la atención, con paciencia y ternura que, sin dudas, les aporta calidad de vida a sus muchos años. ¡Gracias, universo!

Sobre el autor

Patricia Arache