Historia de los errores y errores de la historia
Hablar de errores no debe convertirse en un ejercicio de autoflagelación, sino de memoria crítica, para consolidar el presente y garantizar un mejor futuro.
Dos expresiones aparentemente similares, “la historia de los errores” y “los errores de la historia”, dan título a este artículo y abren caminos distintos de reflexión.
Como es el Mes de la Patria, se pudieran narrar bajo el epígrafe de “la historia de los errores”, los tropiezos que han acompañado la construcción nacional y con “los errores de la historia” las incalculables fallas que se han producido en la manera en que esa misma historia ha sido contada.
La historia de los errores es la crónica de los intentos fallidos, de las contradicciones que marcaron el nacimiento de la República y que se producen, continuamente, incluso, en cualquier práctica de la vida y que, casi siempre, se convierten en aprendizajes.
No cabe dudas de que la independencia de 1844, los constantes cambios constitucionales, las luchas caudillistas y las intervenciones extranjeras fueron errores que, aunque dolorosos, enseñaron lecciones sobre soberanía, orgullo patrio y organización política, lo que evidencia que los tropiezos son parte intrínseca en la construcción de un propósito.
Los errores de la historia, en cambio, son las omisiones y distorsiones que la memoria oficial intenta perpetuar para retorcer la verdad de las cosas, lo cual es muy grave.
Uno de esos errores de la historia es, por ejemplo, la no visibilidad de las mujeres patriotas, desde las “patricias” de la independencia hasta las hermanas Mirabal, Patria, Minerva y María Teresa, pasando por las heroicas mujeres de abril del 1965.
La historia nacional ha cometido el error de reducir las gestas a unos pocos nombres masculinos, dejando fuera a las voces que también sostuvieron la patria, lo cual se constituyen en decisiones de poder que lamentablemente moldean la conciencia colectiva.
El filósofo Jean-Paul Sartre escribió: “He cometido muchos errores, grandes y pequeños, por una u otra razón, pero en el fondo, cada vez que cometía un error era porque no era lo bastante radical”.
La frase puede ser interpretada en el sentido de que los errores no son simples fallas, sino insuficiencias en la radicalidad o en la fuerza de la acción.
Albert Camus, por su parte, expresó que cada generación se siente destinada a rehacer el mundo, en una especie de proclama que induce a la tarea de revisar los errores de la historia.
Cada generación tiene la responsabilidad de corregir las narrativas heredadas, de rehacer el mundo a partir de una memoria más justa e inclusiva.
En el contexto dominicano, esto significa reconocer tanto la historia de los errores, que son los tropiezos que hacen “levantar los pies”, como los errores de la historia, que son las exclusiones que aún pesan sobre el comportamiento y el devenir colectivo.
Significa aceptar que la nación se construyó entre caídas y levantadas, pero también que la historia oficial ha cometido injusticias al silenciar a quienes merecen estar en el relato.
Esta reflexión existencial hace recordar que errar es parte de vivir, pero también que es facultativo de cada quien elegir cómo narrará esos errores.
Asumirlo como aprendizaje, dignifica la fragilidad humana; si se denuncian las omisiones, se abre la puerta a una memoria más justa.
Hoy, en un país que busca consolidar su democracia y fortalecer sus instituciones, la invitación está dirigida a reconocer los errores que, sin dudas, han formado a la sociedad y, por otro lado, a corregir los errores que la historia oficial ha perpetuado.
Los tiempos demandan acciones y comportamientos más certeros, proponen que las leyendas urbanas cedan el paso a la narrativa con apego a la verdad, a la justicia y a la sinceridad.
Solo así se podría rehacer el mundo desde nuestra propia memoria, tal como lo planteaba Camus y lo exige República Dominicana.