“Hice mi testamento y bauticé a mi hijo”: el lado más humano de la hazaña dominicana en el Everest
- Tenía apenas 13 años cuando escaló por primera vez el Pico Duarte junto a su padre
Hace 15 años, un dominicano alcanzó la cima del monte Everest y colocó la bandera tricolor en el punto más alto del planeta. Sin embargo, la mayor enseñanza que le dejó aquella expedición no fue llegar a la cima, sino descubrir que en ocasiones retroceder también forma parte del camino hacia el éxito.
La historia de Iván Gómez comenzó mucho antes de los 8,848 metros de altura del Everest.
Tenía apenas 13 años cuando escaló por primera vez el Pico Duarte junto a su padre. Mientras descendía de la montaña más alta del Caribe, nació un sueño que parecía imposible para un joven criado en una isla tropical: algún día conquistar el Everest.
Aquella idea permaneció viva durante 25 años.
"Me enamoré de la montaña, de la naturaleza, de competir contra mí mismo y de estar más cerca de Dios", cuenta a El Día.

Con el paso del tiempo, junto a Karim Mella y Federico Jovine, inició una preparación que los llevó a escalar algunas de las montañas más altas del mundo.
Primero el Kilimanjaro, en África; luego el Aconcagua, en Argentina; más tarde el monte Elbrus, en Rusia, hasta llegar a la gran meta: el Everest.

Pero el camino también estuvo marcado por momentos dolorosos.
Durante una expedición al Aconcagua fue testigo de la muerte de un montañista.
Aquella experiencia cambió su manera de ver el riesgo y le recordó que detrás de cada sueño existe un costo.
"Fue el primer choque fuerte", recuerda.
La experiencia le enseñó una lección que hoy aplica a la vida misma: en el camino hacia cualquier meta importante habrá pérdidas, sacrificios, obstáculos y momentos que pondrán a prueba nuestras convicciones.
Aun así, siguió adelante.
En 2011 llegó la oportunidad de formar parte de la primera expedición dominicana y caribeña que intentaría llevar la bandera nacional a la cima del Everest. Sin embargo, semanas antes de partir recibió un documento que lo estremeció más que cualquier tormenta.
Era la llamada Acta de Disposición de Cadáveres del Gobierno de Nepal.
Debía escribir de su puño y letra qué debían hacer con su cuerpo en caso de morir en la montaña.
"Ahí me pregunté si estaba loco, en qué lío me había metido", confiesa.
La situación era aún más difícil porque en ese momento era padre de un bebé de apenas ocho meses.
Ante la posibilidad real de no regresar, decidió poner todo en orden. Hizo su testamento, gestionó un seguro de vida, organizó sus asuntos personales y se aseguró de que su hijo estuviera bautizado.

"No sabía si iba a volver", admite.
Con ese peso emocional emprendió una aventura de más de un mes entre hielo, nieve, temperaturas extremas y el constante desafío de sobrevivir.
Pero la prueba más dura llegó cuando parecía que el sueño estaba a punto de cumplirse.
Después de más de 30 días en la montaña, años de preparación y dos décadas soñando con aquel momento, una tormenta obligó a la expedición a detenerse en el campamento tres.
La orden fue clara: bajar.
El golpe emocional fue devastador.
Estaban cerca de la cima. Habían sacrificado tiempo, dinero y años de esfuerzo. Sin embargo, debían renunciar.
Muchos habrían interpretado aquello como una derrota.
Gómez decidió verlo de otra manera.
Recordó entonces una frase del legendario montañista Ed Viesturs que lo acompaña hasta hoy: "Llegar a la cima es opcional, pero bajar vivo es obligatorio".
Obedecieron la orden y descendieron.
La decisión terminó salvándoles la vida.
Algunos montañistas que intentaron continuar sufrieron amputaciones y rescates de emergencia.
Dos semanas después, cuando se abrió una nueva ventana de buen clima, llegó el momento que había imaginado desde aquella primera excursión al Pico Duarte.
Con un cielo despejado y después de superar innumerables obstáculos, Iván Gómez, Karim Mella y Federico Jovine lograron llevar por primera vez la bandera dominicana a la cima del Everest.
Sin embargo, incluso desde el punto más alto del planeta, la reflexión era mucho más profunda que una simple hazaña deportiva.
Para Gómez, la verdadera cima siempre ha sido interior.
Por eso habla constantemente del "Excelsior", una palabra en latín que significa "siempre más" y que aprendió en el Centro Excursionista Loyola. Para él representa la milla extra, el esfuerzo adicional, la perseverancia cuando aparecen las dudas y la capacidad de seguir adelante cuando todo parece imposible.
"Todos tenemos una montaña que escalar", afirma.
No necesariamente una cubierta de nieve en el Himalaya. A veces son desafíos familiares, profesionales, económicos o emocionales.
Y como ocurre en las grandes montañas, habrá ocasiones en las que avanzar significará seguir luchando y otras en las que la mayor muestra de valentía será retroceder para intentarlo de nuevo.
Quince años después de aquella histórica expedición que marcó un antes y un después en su vida, Gómez compartirá estas y otras experiencias durante una conferencia abierta al público que se celebrará hoy a las 6:00 de la tarde en el Magno Auditorio de Laboratorios Rowe, en Santo Domingo.
El encuentro servirá para conmemorar el aniversario de una de las mayores hazañas del montañismo dominicano, pero también para transmitir un mensaje que trasciende las montañas: que los dominicanos sí pueden, que los sueños aparentemente imposibles pueden hacerse realidad y que, sin importar cuán difícil sea el camino, siempre vale la pena dar la milla extra.
Porque, como aprendió en el Everest, la montaña más importante no siempre es la que se conquista, sino la que nos transforma.