Adriano Reyes tenía una personalidad reservada. Era de esas personas que usaban con prudencia cada palabra. A pesar de ser periodista, hablaba poco; prefería escuchar y, sobre todo, actuar.
Durante años fue representante de la Fundación Caamaño en Santiago de los Caballeros, luego del fallecimiento de la profesora Minerva López, a quien acompañó por mucho tiempo en esa labor. Enarboló con dignidad los ideales de Francisco Alberto Caamaño y dedicó buena parte de su vida a preservar la memoria histórica de nuestro pueblo.
Nunca le escuché hablar mal de nadie.
Tampoco era de contar las cosas que había hecho o las luchas en las que había participado, a pesar de haber consagrado su vida a las causas sociales. No necesitaba exhibir su trayectoria; sus acciones hablaban por él.
Mi padre lo quería como a un hermano, y por eso yo siempre le llamé tío Adriano. Ese mismo cariño que mi padre sentía por él, lo recibí de su parte durante toda mi vida.
El pasado domingo recibimos la triste e inesperada noticia de su fallecimiento. Su partida nos llenó de pesar a todos los que tuvimos el privilegio de conocerlo y compartir con él.
Con Adriano perdimos a uno de los miembros más activos y comprometidos de la Fundación Caamaño. Pero el país también perdió a uno de esos buenos hijos que, sin hacer ruido, dedican su existencia a construir una sociedad mejor, caminando siempre por los senderos de la rectitud, la coherencia y el amor a su pueblo.
Hasta luego, tío Adriano. Tu ejemplo queda con nosotros.