Ha recibido poca atención la denuncia, por el encargado de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas, de que desde 2009 han cerrado 60 bibliotecas públicas, una cada tres meses en todo el país.
Lo atribuyen al desinterés de autoridades municipales y desconocimiento de la ley número 502-08 del Libro y las Bibliotecas, que obliga a crear y mantener bibliotecas municipales.
No se trata sólo de despistados alcaldes. Entidades públicas que gastan una millonada en promoción, publicidad, viajes o fiestas, prefieren recortar sus gastos “ahorrando” compras o patrocinios de libros, desdeñando un aspecto fundamental de su responsabilidad social corporativa. Pero eso es lo de menos, pues para promover la lectura hace falta mucho más que mantener almacenes llenos de libros acumulando polvo y polilla.
Sin embargo, los libros y las bibliotecas no son lo que debemos defender o promover, pues estos son apenas el soporte en papel, tinta y cola en que los signos contienen las ideas. Hubo libros antes de la imprenta, en folios manuscritos, en tabletas de barro, rollos de papiro, sogas con nudos o consignados a la memoria.
La revolución digital no significa la desaparición del libro, como obra del ingenio humano para explicar cosas o compartir ficciones o poesía. Al revés, facilita su difusión a menos costo. Para aprovecharlo, ¿poseen nuestros estudiantes las destrezas indispensables? Es mucho más que competencias de lectoescritura.
¿Se les instruye para ejercer el criterio, diferenciando lo bueno de lo malo? ¿Desarrollan el pensamiento crítico? No me refiero sólo a letras. Los números, lenguaje de la aritmética, matemáticas y demás sistemas lógicos, son la base de todas las ciencias. No entenderlo es peor que ser analfabeta.
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