Fracaso competitivo

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Desde hace muchos años escucho a diferentes sectores que, como si viviesen recostados en el muro de Jeremías, lamentan la falta de competitividad del país y, a causa de esto, la pérdida de oportunidades en los mercados internacionales para colocar nuestros productos, atraer inversiones y generar empleos decentes.

Al ritmo de estos gritos, que ya suenan como estertores, observamos el desmejoramiento sostenido de los principales indicadores de competitividad, monitoreados por organismos internacionales que emiten informes periódicos, siendo Doing Busisness, del Banco Mundial, uno de los más resaltantes.

Si comparamos el reporte correspondiente a 2014 con los resultados del año 2012, la conclusión no puede ser más lamentable y frustrante –sobre todo si partimos de aquella promesa que en su momento nos hizo florecer la esperanza: “Continuar lo que está bien, mejorar lo que está mal y hacer lo que nunca se hizo”.

Estamos peor, con sensibles retrocesos en indicadores como apertura de negocios, obtención de permisos de construcción, servicio de electricidad, registro de propiedades, acceso al crédito, pago de impuestos y resolución de insolvencia.

Recientemente –durante un desayuno en la Cámara Americana de Comercio- el representante local del IFC, brazo privado del Banco Mundial, nos decía con cuidadosa diplomacia que a pesar de que el país se encuentra entre los 50 del mundo que más mejoró su rango en los indicadores del Doing Business desde 2006, el progreso se ha estancado a partir del 2010.

Aunque Ary Naim no lo dijo, las causas de este atraso están en el síndrome de la falta de continuidad del Estado, la atrofiada visión política, el clientelismo, el populismo, la abulia empresarial y la espesa burocracia que ahora se entretiene creando una macrocefalia en competitividad para que acabemos de jodernos.

¿Necesitamos un Viceministerio de Competitividad, un Consejo Nacional de Competitividad y una Mesa Presidencial de Competitividad pisándose los talones entre sí y degenerando hasta en ataques personales e intrigas, mientras los contribuyentes pagamos la portentosa nómina que se engullen? Damos lástima.

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