Fábula inconclusa

José Báez Guerrero
José Báez Guerrero

“No hagas leña del árbol caído”, dijo la musaraña al lagarto, “ni creas que porque el comején se regocija puede atribuirse haberlo tumbado. Estaba podrido”. Discurrían así las asombradas criaturas del parque zoológico, muy creídas de que, por su amplitud pródiga, el universo se circunscribía a las diversas áreas en que convivían creyéndose libres.

El lagarto quedó pensativo. “Mira, musaraña”, respondió, “ese viejo almácigo de fofa madera y quebradizas ramas estaba cundido de comején, pero aún sin dar frutos y deshojarse ensuciando mucho, al menos daba fresca sombra y sus ramas servían de posadero a ruiseñores y cotorras muy bellos”.

La musaraña, pequeñita como un jarrierito con trompita peluda, miró al lagarto con ojos de filósofa en retiro: “Frutos nunca dio, pero ¿cuántos comejenes, hormigas, avispas, larvas y demás insectos pudimos comernos gracias al derruido palo malo?”. Venía teniendo razón el mamífero. El reptil entonces preguntó, “y ahora, ¿cómo haremos?”. La musaraña rio. “No temas, querida lagartija, otros árboles de mejor calidad siguen creciendo. El bosque tiene su manera de sobrevivir a la caída de cada palo malo y hasta la de troncos nobles”.

Una hambrienta cuyaya observaba y oía el extraño diálogo. “Cosa rara”, pensó, “estos dos hablando tanto…”, mientras se debatía, indecisa, acerca de cuál sería mejor bocado vespertino. Silencioso como las flechas de los taínos, el cernícalo bajó en picada y justo cuando agarraba al lagarto la musaraña espantada lo escupió. Triste fin de una fábula inconclusa; el veneno salivar mató a la cuyaya mientras remontaba vuelo.

El lagarto murió en sus garras antes de caer al suelo. Un hambriento gato que iba de paso vio el espeluznante espectáculo y, oportunista al fin, engulló a la asustada musaraña, quedando la fábula sin moraleja…

Sobre el autor

José Báez Guerrero

Abogado, periodista y escritor dominicano.