Ética y felicidad
A sabiendas de las características de la sociedad moderna líquida y delirantemente consumista en que nos ha tocado vivir, entre cuyos rasgos más notorios se encuentran la inutilidad aparente de la solidaridad; el vivir por efecto demostración, como personajes de un “reality show”, empeñando en cada acto el valor de la autenticidad; la preeminencia de la incertidumbre y la precariedad, no solo en lo material o económico, sino también, en lo moral y espiritual; espacio en que se ansía la libertad, pero, en el que hay que transarla por la seguridad; teatro en el que tememos al fracaso personal y social para no ser víctimas de la implacable humillación por parte del otro y de un colectivo amorfo, zombi e insensible; miedo a la cercanía o a la presencia del prójimo, sobre todo si es culturalmente extraño o extranjero; vivir bajo el impulso de lo “lihgt”, lo efímero; vivir con las cuentas de lo ético y la felicidad en números rojos, en bancarrota de amor; vivir sin propósito que no sea la díada trabajo-consumo, aun a expensas de un gravísimo déficit existencial y de una ambivalencia identitaria o fragilidad gelatinosa del yo, que nos hunde en la angustia, el agobio, la soledad, el crimen, la corrupción, la injusticia, la crueldad, el terror, la pena o la insatisfacción…
Reconociendo esto, hay preguntas impostergables.
¿Tiene sentido que, a pesar de ser ese nuestro mundo un lugar distópico o deleznable, antes que utópico o deseable, procuremos la búsqueda de la exigencia ética y de la felicidad?
La ética, ¿para qué sirve?, se ha preguntado Adela Cortina, reconociendo en ese concepto algo moralmente “irrenunciable” en el ser humano. Sirve para “intentar” forjarse un “buen carácter”, con lo que se consigue, de una vez, y por mor de preferir los “mejores valores”, ser “felices y justos”.
Pero, como dijo Heráclito, el carácter equivale al destino, el “daímon”, aquello que se construye; y para Cortina, la ética debe contribuir a la construcción de un destino de justicia y felicidad para los seres humanos. Lo fundamental es entender que una acción ética está radicalmente divorciada de cualquier imposición, requisito o poder coercitivo.
“Seguir la exigencia ética –nos evidencia Zygmunt Bauman, siguiendo a Emmanuel Lévinas- significa guiarse únicamente por el bien del otro”.
Se trata de una exigencia “taciturna”, que no explica taxativamente la forma que deberá adoptar la preocupación moral o ética por el otro.
Si es un poder superior, cualquiera que sea, el que dicta la acción moral o ética, entonces, hay una desnaturalización, un despropósito.
Acción ética equivale a decisión responsable y espontánea. Ser uno mismo, se asume, es ser para el otro. “Soy porque soy para otros”.
Acto de conciencia, no de imposición u obligación.
Pero, ¿qué es la felicidad? ¿Algo que logro por y para el interés y bien propios o por y para el interés y bienestar del otro? ¿Mi felicidad es mi responsabilidad o ella depende de lo que me entrega el otro?
Asumir la responsabilidad de alcanzar mi felicidad es una exigencia ética autorreferencial, mía como sujeto, que no significa ser egocéntrico, individualista. Nietzsche nos deja entrever que hay felicidad para todos, aunque no se trate de la “misma” felicidad en cada caso. Mi felicidad no puede depender de la reciprocidad del otro.
“Yo soy –dice Lévinas- responsable del otro sin esperar reciprocidad, aunque ello me cueste la vida.
La reciprocidad es asunto suyo”. Ser feliz, como ser ético, son actos conscientes de responsabilidad personal inalienable. A pesar de la belleza de la canción “Ne me quitte pas”, de Jacques Brel.
