Espacios y resonancias culturales
Lo digo de entrada, y sin ambages. Tiene, a su modo, el sello de la estirpe de los Henríquez Ureña. Su pasión por la lectura no tiene límites. En esto se acerca al Borges que sentía mayor orgullo por lo leído que por lo escrito.
Su esmero en transmitir, comunicar, compartir a través de las páginas de diversos diarios las experiencias derivadas de la aventura espiritual e intelectual de leer, imprimiendo a sus ideas un modesto, pero muy acertado, sentido crítico, lo coloca en el plano del humanista que asume la empresa cultural como un instrumento ineludible de la educación y de los signos de los nuevos tiempos.
Su estilo refleja, amén de su personalidad creadora, una singular calidad estética y hondura de criterio en la huella de la escritura, aspecto no muy común, salvo escasas excepciones que nos honran, en nuestro contexto cultural y académico, en lo que José Martí llamó ejercicio del criterio, como tarea esencial de la crítica, más allá de la mera crónica. José Rafael Lantigua ha estado, desde muy temprano, “casado” con la literatura y la cultura, como dijo Juan Carlos Onetti de Mario Vargas Llosa, mientras que el autor de “El astillero” se ufanaba de mantener una “relación adúltera” con la literatura.
Es que, con cierta crítica demasiado ceñida al dogma de un método, pasa lo que, según Antoine Compagnon, dijo Paul Valéry acerca de los historiadores de la literatura al dirigir la cátedra del Collège de France, orientándola más hacia la poética que hacia la filología: “Son tan prolijos como mudos. Ni siquiera sospechan de qué se trata”.
En la labor de erudición y divulgación de Lantigua se complementan la teoría, la historia y la crítica, esta última, como valoración de la creación artística. Más allá de tejer una crónica, la labor de Biblioteca, uno de los mayores experimentos de pasión literaria y cultural compartida entre un autor y sus hipotéticos lectores, que a lo largo de dos décadas presenció el país, se convirtió en un estandarte para modelar, más allá del gusto individual, una concepción y una comprensión contemporáneas, libres de ataduras metodologicistas y de reduccionismos preceptuales, de la literatura, la historiografía, la música, la fotografía, la pintura, la música y otras tantas manifestaciones del arte dominicano y universal.
La publicación de los primeros cinco volúmenes, de un total de siete que abarcará la empresa editorial, que bajo el título general de Espacios y resonancias ha llevado a cabo José Rafael Lantigua, desde enero de este año, es una muestra fehaciente de la envergadura y del significado cultural de una auténtica labor investigativa, creativa y de ejercicio crítico y educativo que, como señala uno de sus prologuistas, Franklin Gutiérrez, tiene en Manuel Valldeperes, Francisco Comarazamy y Enriquillo Sánchez a tres notables predecesores; mientras que, como autor de un suplemento cultural, Lantigua pasa al sitial de pioneros en esa rama del periodismo nacional como son María Ugarte, Freddy Gatón Arce, Manuel Rueda y Soledad Álvarez, Mateo Morrison, Vanna Ianni y Pedro Catrain, Bruno Rosario Candelier y Marcio Veloz Maggiolo, entre otros que, como Luis Beiro Álvarez hoy día, mantienen viva esa enriquecedora tradición cada vez más reducida en espacio por la delicada situación económica que marcó la prensa escrita actual. Los prologuistas de los otros cuatro volúmenes son Alejandro Arvelo, René Rodríguez Soriano, Aníbal de Castro y Carmen Imbert Brugal. Una vez completados los siete volúmenes tendremos “alrededor de 845 crónicas de un total de 723 escritores, reunidas en más de 3,098 páginas”, afirma Lantigua.
He aquí un legado cultural de valor trascendente.
