Esas cosas hay que contarlas
El pasado viernes trece… ¡vaya con la fecha!, a invitación de los compañeros del Movimiento Izquierda Unida –MIU-, viajé a Moca, junto a mi esposa Dulce, a dictar una conferencia sobre el 55 aniversario de la expedición de junio de 1959.
Ni hablar del cálido recibimiento de mis anfitriones, del valor educativo de esa actividad; de la asistencia que desbordó el local y estuvo allí atentamente, hasta que con las palabras del principal dirigente del MIU, compañero Miguel Mejía, que honró el acto con su presencia, la actividad fue formalmente clausurada.
Amanecimos en casa de los amigos Nidia y su esposo Danilo, y al día siguiente Dulce y yo seguimos ruta hacia Puerto Plata, donde nuestros hermanos Nelson y su esposa Mary nos esperaban. Decidimos irnos por la carretera que desde el cruce de San Víctor atraviesa la cordillera y sale a Sabaneta de Yásica.
Por ahí se maneja con atención, por las tantas curvas y accidentes del suelo montañoso, pero el esfuerzo se recompensa con los paisajes de insólita belleza verdiazul, que se disfrutan mejor si se detiene la marcha en algún punto elegido prudentemente.
Y lo mejor, se puede disfrutar del trato amable y generoso de la gente buena. Nos detuvimos en Arroyo Frío, en plena loma, en busca de una determinada planta que mi esposa alcanzó a ver al margen de la vía.
Allí don Pascual salió de su colmado, dijo reconocerme. Dulce le habló de comprarle una matita de las dalias que Pascual y su esposa cultivan en una ladera y la respuesta fue noble y terminante: “¿Y por qué vendida?. Yo se la regalo”.
El hombre nos colmó de atenciones y al despedirnos, con sencillez y y casi con emoción, tomó una funda de mentas verdes y nos la vació en las manos. Intercambiamos teléfonos y al día siguiente don Pascual nos llamaba para saber dónde estábamos y cómo seguíamos.
Traspuesta la montaña y después del puente de Los Brazos, nos detuvimos a saludar a Danilo Kingsley y su esposa, a renovar los testimonios de una amistad que dura más de cuarenta años. Debajo de un almendro, rodeado de platanales y junto a Macho, Ambiórix, Aníbal, que es un mayor del Ejército, y el servicial Mongué, Danilo nos ofreció un sancocho y nos costó trabajo salir de allí sin comernoslo.
“Entonce les daremos los víveres y se llevan las gallinas arregladas para que se coman el sancocho en Puerto Plata”.
Al fin nos transamos por cargar con dos racimos de plátanos recién cortados, enormes, para dejar atrás este otro episodio de valor humano, que unido al que vivimos con don Pascual sirve para reafirmar que pese a todo el mal que agobia a la sociedad, en las entrañas del pueblo quedan reservas que permiten mantener viva la esperanza. Por eso vale la pena coger el camino y relatar experiencias tan gratas como esas.
