Entre la profanación y la barbarie

José Mármol
José Mármol

En la mañana del pasado domingo fuimos despertados por un titular ominoso en la primera página de los diarios. La especie periodística cuenta que fue profanada, en la ciudad de La Vega, la tumba del profesor Juan Bosch.

El acto vergonzoso fue cometido durante el día anterior, cuando el mausoleo del escritor, expresidente de la República y líder político, fue despojado de una escultura en bronce que representa el vuelo de una gaviota.

Se trata de una alegoría escultórica a la composición del género de criollas, conocida con el título de “La gaviota”, derivada de un poema de juventud, como expresión de amor a una mujer y de las ansias de libertad del pueblo, escrito por el fundador de dos partidos de masas que han llegado repetidas veces al poder.

El escritor Rafael García Romero (2009) sustenta, a propósito del origen de la criolla como producto del poema de Bosch, que el entonces joven literato fue apresado por los servicios de espionaje de la dictadura de Trujillo en 1934, y encerrado en una celda de la Fortaleza Ozama, de Santo Domingo, donde escribió el poema “Anhelos”, inspirado en el amor de Isabel García Aguiar, quien sería luego su esposa y madre de sus dos primogénitos.

García Romero afirma que con el correr de los años ese puñado de versos se convertiría, por mor de Fernando Casado, en las letras de la criolla “La gaviota”, con música del maestro Julio Gautreau, que ha sido grabada por intérpretes tan importantes como el propio Fernando Casado, entre otros.

Profanar viene del latín. Remite a la acción de tratar una cosa sagrada sin el debido respeto. Es hacer uso indigno de cosas respetables. Es, también, sinónimo de deshonra. Remite al hecho de desacreditar a alguien ya fallecido. Profanador es, pues, quien profana. Profano se dice de lo que no es sagrado; también del ignorante en alguna materia.

Haber profanado la tumba del gran humanista, intelectual y auténtico líder que fue Juan Bosch constituye un acto de barbarie, un verdadero insulto a la estatura histórica y la reciedumbre ética y moral de un hombre que carece hoy, desgraciadamente, y a apenas trece años de su fallecimiento, de seguidores que puedan ser dignos de su ejemplo, aun entre aquellos que más se desgañitan en hacer uso impropio de su nombre, su memoria histórica y de su ideología partidaria.

He ahí lo bárbaro, lo extraño, lo cruel del infortunio que hace guiños al demócrata, al civilista, al pacifista, al desprendido, desinteresado hombre de ideas y de acción, que conoció como pocos las raíces y las perspectivas del fracaso, el mar de fondo de un deseado devenir histórico mejor de la nación dominicana.

Pero, ¿no será que hay demasiados intocables profanadores de toda laya en la vida cotidiana de los dominicanos? ¿Acaso no son el irrespeto, la desconsideración, la ostentación deshonrosa de poder público, la desvergüenza del dinero malhabido, la impunidad, la corrupción como flagrante y degenerada virtud, el despilfarro y pillaje del bien común, el quebrantamiento de los más elementales principios del derecho y la integridad ciudadanos, las más de las veces a manos de la propia autoridad?

¿No serán, subrayo, esos y otros, los demasiados actos de profanación y de barbarie con los que se nos fuerza a vivir y a morir, ahogados en vergüenza ajena, impotencia, incredulidad y cansancio? Sobrevivimos, contra la voluntad de Bosch, a un constante y cotidiano crimen de lesa civilización y de extrema barbarie.

¿Qué, sino la sensatez, ha de frenar a los profanos y bárbaros del desorden inmoral establecido? Otra suerte peor será el abismo.