Elogio a la grasa abdominal: ¿Por qué los gordos viven mejor?

El periodista Ricardo Vega
Ricardo Vega

En una época dominada por la tiranía del bienestar, el ayuno intermitente y la optimización constante del diseño anatómico, la gordura ha dejado de ser una simple condición física para convertirse en un reducto de disidencia filosófica.

Mientras las élites delgadas que gestionan el orden global se desvelan intentando descifrar el sentido de la existencia mediante retiros de silencio y disciplinas espartanas, quienes lucen una silueta generosa disfrutan de un privilegio del que ellos carecen: la absoluta simplificación del arte de vivir.

La barriga cervecera, lejos de ser un mero exceso metabólico, opera en la sociedad moderna como el más eficaz y democrático chivo expiatorio.

Si las articulaciones protestan al levantarse del sofá, la medicina prescinde de costosos diagnósticos moleculares: el dictamen se reduce al perímetro de la cintura.

Si el insomnio se presenta con su habitual cortejo de angustias, la culpa no es del colapso del sistema financiero, sino de la cena de la víspera.

El gordo no se pierde en los laberintos del psicoanálisis. Al ser descalificado antes del calentamiento, se le exime de la humillación de competir en un entorno saturado de hámsteres humanos que corren sobre cintas estáticas. Ocupa tanto espacio en el encuadre de la realidad que borra cualquier sospecha de complejidad metafísica. Nadie busca traumas infantiles detrás de cien kilos de peso.

Para formalizar esta doctrina he consolidado un corpus teórico que podría resumirse en cinco mandamientos oficiales:

Honrarás el diagnóstico único: Aceptarás con gratitud que cualquier dolencia física, quiebra financiera o crisis existencial se debe exclusivamente a tus últimos kilos de consumo de tripitas, cadeneta y bofe de vaca y mollejitas de pollo fritas, a altas horas de la noches, evitando así el desgaste mental de buscar causas más profundas.

No codiciarás el gimnasio ajeno: Renunciarás a la autoflagelación de pagar una cuota mensual para correr hacia ninguna parte, entendiendo que el verdadero éxito consiste en no participar en una carrera que ya has perdido de antemano.

Santificarás el azúcar en sangre: Mantendrás los niveles de glucosa lo suficientemente altos como para que el cerebro carezca de espacio libre para albergar dudas filosóficas o melancolías dominicales.

Defenderás tu opacidad fotográfica: Ocuparás con orgullo el encuadre de cada retrato, sabiendo que tu presencia salva a los demás de tener que indagar en las profundidades de tu vacío espiritual.

No adelgazarás en vano: Mantendrás tu volumen por puro instinto de preservación; pues el verdadero terror no es la dieta, sino la posibilidad de alcanzar el peso ideal.

La resistencia a la lechuga y al agua mineral no es, por tanto, un fracaso de la voluntad. Despojarse de la grasa implicaría enfrentarse a las incertidumbres de la vida sin un escudo protector.

En un mundo que gasta fortunas en terapias de auto ayuda, los gordos cumplen una función imprescindible: regalarle al prójimo la hermosa ilusión de que la felicidad tiene una solución tan simple y rutinaria como cerrar la boca.

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