Confieso que estoy profundamente preocupado. No sólo por los problemas cotidianos que se repiten en los condominios, sino por algo más grande y silencioso que está ocurriendo frente a nosotros. Me preocupa cómo la forma en que estamos viviendo está debilitando la cohesión social, justo en el momento histórico en que más la necesitamos.
La vida en altura ya no es una opción. Es una realidad inevitable de la modernidad urbana. Las ciudades crecen, el suelo se agota y cada vez más familias comparten estructuras verticales. Pero mientras construimos edificios, parece que estamos dejando de construir comunidad. Y eso tiene consecuencias.
Comprar una vivienda en un condominio no es sólo una transacción inmobiliaria.
Es una decisión social. No estás adquiriendo únicamente un apartamento. Estás entrando a una microciudad donde cada conducta individual impacta directamente al colectivo. Sin embargo, muchos siguen comprando pensando sólo en metros cuadrados, parqueos y terminaciones, sin detenerse a evaluar el entorno humano que los rodeará.
Ahí comienza el problema.
Cuando no se entiende que vivir en condominio implica reglas compartidas, responsabilidades comunes y respeto mutuo, aparecen los conflictos. Ruidos a cualquier hora, áreas comunes tratadas como propiedad privada, mascotas sin control, parqueos ocupados sin permiso, cuotas de mantenimiento ignoradas y discusiones que sustituyen al diálogo. Pequeños actos de individualismo que, acumulados, erosionan la convivencia y rompen la confianza entre vecinos.
Antes de comprar, es fundamental mirar más allá de la fachada. Hay que preguntar cómo funciona la administración, si existe reglamento interno, si hay transparencia en el manejo de los recursos y si se celebran asambleas con regularidad. Un condominio sin organización termina siendo un espacio de improvisación permanente, con conflictos recurrentes y relaciones fracturadas.
También es clave observar el mantenimiento real del edificio. No basta con un lobby bonito. Hay que mirar pasillos, techos, ascensores, parqueos, cisternas y sistemas eléctricos. Preguntar cuánto se paga mensualmente y qué incluye esa cuota. Un mantenimiento demasiado bajo suele esconder deterioro. Uno alto sin explicaciones claras suele revelar mala gestión.
Hablar con los residentes ofrece una radiografía honesta del lugar. En minutos puedes conocer la realidad sobre ruidos, filtraciones, seguridad y cumplimiento de normas. Esa conversación vale más que cualquier folleto promocional.
Otro aspecto determinante es el uso del edificio. La alta rotación por rentas cortas, las actividades comerciales dentro de unidades residenciales y la ausencia de sentido de pertenencia transforman la dinámica comunitaria. Donde nadie se siente parte, nadie cuida.
Pero más allá de estos aspectos prácticos, hay una pregunta que pocas personas se hacen antes de comprar. Estoy dispuesto a convivir. Porque vivir en altura exige algo más que capacidad de pago. Requiere tolerancia, respeto, participación y voluntad de diálogo. Las asambleas no son una molestia. Son el espacio donde se construye ciudadanía. Donde se decide si ese edificio será solo un conjunto de apartamentos o una verdadera comunidad.
Mi preocupación es que, si seguimos ignorando estos factores, estaremos formando generaciones que saben habitar espacios, pero no saben convivir. Y una sociedad que pierde su capacidad de convivencia pierde también su cohesión, su empatía y su sentido de propósito colectivo.
Elegir un condominio es elegir cómo vivirás. Pero también es elegir qué tipo de sociedad estás ayudando a construir. Porque al final, tus vecinos no son un detalle secundario. Son parte esencial de tu calidad de vida. Y sin cohesión social, ninguna ciudad puede sostenerse en el tiempo.