El valor de los amigos
En este espacio que amablemente me conceden cada semana, me permito reflexionar sobre un prodigioso valor de la humanidad: la amistad.
Los amigos son una de las más puras formas de riqueza humana. No se eligen por sangre ni por obligación, sino por afinidad, por admiración mutua y por una conexión que nace de la libertad. En sociedades cada vez más aceleradas y competitivas, como la nuestra, la amistad representa un espacio de autenticidad donde podemos ser nosotros mismos sin máscaras ni ostentaciones ni cargos. Es el territorio donde la vulnerabilidad no es debilidad; es confianza.
El valor de los amigos se revela, especialmente, en los momentos difíciles. Cuando llegan las pérdidas, las dudas o las crisis, son ellos quienes sostienen, escuchan y acompañan sin cálculo.
Un amigo no siempre tiene la solución, pero si la fuerza de la presencia; y muchas veces es está más valerosa que cualquier intento de opinión ofrecida. La amistad convierte la adversidad en un camino compartido y, por tanto, en uno más llevadero.
La amistad y sus ejemplos
La amistad entre Nelson Mandela y Oliver Tambo fue uno de los pilares humanos y políticos de la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. Se conocieron en la década de 1940 como jóvenes militantes del African National Congress (ANC), unidos por una misma convicción: la dignidad del pueblo sudafricano no podía negociarse. Su vínculo trascendió la militancia; compartieron sueños, riesgos y una visión estratégica de largo plazo.

En 1952 fundaron juntos el primer bufete de abogados negros en Johannesburgo, “Mandela & Tambo”, defendiendo a víctimas de discriminación racial. Mientras Mandela se convertía en un líder visible y combativo dentro del país, Tambo asumía, con serenidad y disciplina, un rol organizativo y diplomático fundamental.
Cuando se produjo la encarcelación de Mandela en 1962 y su posterior condena a cadena perpetua, Tambo partió al exilio y pasó casi tres décadas recorriendo el mundo, construyendo apoyo internacional para la causa antisegregación.
Su amistad se sostuvo en la distancia y en la adversidad. Mandela resistía en prisión; Tambo mantenía viva la estructura del movimiento. No competían por protagonismo: se complementaban. Uno simbolizaba la resistencia interna; el otro, la estrategia global. Cuando Mandela fue liberado en 1990, reconoció públicamente que sin Tambo la organización no habría sobrevivido.
Esta relación muestra que las grandes transformaciones históricas requieren algo más que carisma: necesitan lealtad estratégica. Mandela fue el rostro del cambio; Tambo, su arquitecto silencioso.
Antes de ser presidente, Abraham Lincoln vivió una estrecha amistad con Joshua Speed. Compartieron durante años y desarrollaron una relación epistolar de profunda intensidad. En momentos de depresión y dudas personales, Lincoln encontraba en Speed apoyo emocional y claridad.
Se conocieron en 1837 en Springfield, Illinois, cuando Lincoln, joven abogado con escasos recursos, llegó a la ciudad para iniciar su carrera política y jurídica. Speed, comerciante próspero y de carácter afable, le ofreció compartir su habitación y cama —algo común en la época por razones económicas—, gesto que marcó el inicio de una amistad íntima y duradera.
Durante los cuatro años que vivieron bajo el mismo techo, Lincoln atravesó etapas de intensa incertidumbre emocional y política. Speed fue su confidente más cercano. En 1841, cuando Lincoln sufrió una profunda crisis depresiva tras romper su compromiso con Mary Todd, fue Speed quien le acompañó y lo sostuvo anímicamente. Las cartas que intercambiaron en esos años revelan una conexión emocional honesta, marcada por la vulnerabilidad y la confianza absoluta.
A pesar de que sus trayectorias políticas divergirían, ya que Speed provenía de una familia esclavista de Kentucky, mientras que Lincoln evolucionaba hacia una posición cada vez más firme contra la expansión de la esclavitud, la amistad se preservó. De hecho, durante la Guerra Civil estadounidense, Lincoln valoraba profundamente las opiniones de Speed y celebró cuando su viejo amigo expresó dudas morales sobre la esclavitud, mostrando que el vínculo personal podía influir en la transformación ética.
En cartas, Lincoln reconocía la ayuda prestada por su entrañable amigo en la superación de etapas oscuras de su vida, pérdidas y desorientaciones que le restaron sentido y comprometieron sus propósitos vitales.
Otro de los vibrantes e invaluables ejemplos de amistad lo constituyó la relación entre el Dr. Martin Luther King y Ralph Abernathy. Su vinculación, más allá de la experiencia afectiva, fue determinante para la causa del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos.
Se conocieron en 1954, cuando ambos eran jóvenes pastores bautistas en Montgomery, Alabama. Desde el inicio compartieron, no sólo vocación religiosa, sino también una profunda convicción moral: la lucha por la igualdad debía hacerse mediante la no violencia y la fe cristiana.
Al tiempo de abrazar la causa política, su vínculo fue intensamente personal. Abernathy y King eran inseparables; viajaban juntos, compartían estrategias, oraban juntos antes de cada discurso importante y sus familias mantenían una relación de estrecha vecindad. Abernathy estuvo con King en la cárcel en varias ocasiones y también estuvo presente en Memphis en 1968 cuando el Dr. King fue asesinado. De hecho, fue uno de los primeros en llegar al balcón del Lorraine Motel tras el disparo que cegó su vida.
Tras la muerte de King, Abernathy asumió la presidencia del movimiento, intentando continuar el legado de su amigo. Aunque nunca tuvo su mismo carisma mediático, se mantuvo fiel a la causa y a la memoria del Dr. King. En su autobiografía, Abernathy describió su amistad como una hermandad espiritual y política, afirmando que trabajaron “como dos almas con un mismo propósito”.
También en los momentos de éxito los amigos son fundamentales. Celebran sin envidia, aplauden sin reservas y recuerdan quién eres cuando el aplauso externo puede nublar el juicio. Un verdadero amigo no compite contigo: camina a tu lado. Y en ese caminar conjunto, la alegría se multiplica, porque lo bueno, cuando se comparte, se vuelve más grande.
La amistad además nos confronta con respeto, nos corrige cuando es necesario y nos impulsa a crecer. Los amigos auténticos no sólo nos aceptan; también nos desafían a ser mejores versiones de nosotros mismos. En ese diálogo constante se construye carácter, equilibrio y madurez emocional.
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