El súper poder que la madurez nos obligó a olvidar

El periodista Ricardo Vega
Ricardo Vega

En principio lo extraño no nos asustaba: nos atraía.

Nacimos curiosos, pero en algún momento de nuestras vidas cambiamos las inquietudes por certezas. Aprendimos que equivocarse tenía consecuencias y que la incertidumbre era un enemigo a tener en cuenta.

Fuimos ordenando nuestra existencia como si la vida tuviera una sola forma correcta de ser vivida: eficiente, previsible y sin margen para la sorpresa.

Pero la realidad nos ha demostrado que nunca funciona bajo esos términos.

Cuando aparece una crisis o un cambio inesperado, el piloto automático mental salta con una pregunta catastrófica: «¿Y si todo sale mal?».

Sin embargo, no vemos que existen otras alternativa: ¿Qué puedo aprender de esto? o ¿Qué opción no estoy viendo todavía? Este giro interior se llama intención curiosa: la decisión consciente de acercarnos a lo desconocido desde la exploración, no desde el pánico.

La curiosidad es mucho más que acumular datos; es una manera de relacionarnos con aquello que no controlamos.

Como explican los expertos en el tema: «La curiosidad se puede medir. Y cuando la desarrollamos vemos claramente que hay un cambio, primero en conducta y después en mentalidad. Pero siempre se produce un cambio».

Se han identificado cinco grandes dimensiones de esta habilidad: la exploración de aprender por puro placer, la sensibilidad para entender lo que nos falta, la tolerancia al sostener la incomodidad de una pregunta abierta, la curiosidad empática del interés genuino por el otro y la búsqueda de nuevas emociones. Y la capacidad de mirar lo cotidiano como si fuera la primera vez.

La intención curiosa es una elección elegante sobre cómo llevarnos con lo inesperado. No elimina mágicamente nuestros problemas, pero cambia por completo nuestra posición frente a ellos. Nos saca del rol de víctimas asustadas y nos devuelve al rol de exploradores de nuestra propia vida.

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