El subsidio al combustible hace daño

Frederich Bergés
Frederich E. Bergés

De regreso de un recorrido reciente por varios países de Europa, traigo una observación útil para el debate económico nacional. Allí no existen subsidios generalizados a los combustibles: la gasolina y el gasoil cuestan entre un 30 % y un 75 % (sobre los RD$600.00 el galón) más que en nuestro país. Sin embargo, o precisamente por eso, el paisaje urbano es otro.

En las calles europeas no abundan los vehículos de alta gama ni los motores de ocho cilindros. Las grandes yipetas, tan comunes en nuestras avenidas, allí son la excepción. Predominan los vehículos de tamaño racional, de baja cilindrada y del menor consumo posible. Tampoco se ve la chatarra importada de oriente que circula por nuestras vías, y buena parte del servicio urbano, taxis y autobuses, operan con vehículos híbridos.

Hay una segunda consecuencia, quizás más importante. Cuando el combustible es caro, el ciudadano exige alternativas. La población reclama, y obtiene, un transporte público eficiente: autobuses puntuales, tranvías y trenes que conectan barrios y ciudades. El precio real de la energía se convierte en presión política a favor del transporte colectivo.

Entre nosotros ocurre lo contrario. Al mantener artificialmente bajos los precios de los combustibles, el Estado envía la señal equivocada: premia el alto consumo, estimula la compra de vehículos grandes y gastadores, y apaga la demanda ciudadana por un mejor transporte público. Nadie presiona por un tren, línea de autobuses o metro cuando llenar el tanque de la yipeta sigue siendo relativamente barato. El subsidio, además, es regresivo.

Beneficia más a quien más consume, y quien más consume es quien posee más vehículos y de mayor cilindrada. Se subsidia con recursos públicos que podrían destinarse a educación, salud o, precisamente, a transporte masivo de calidad.

No propongo eliminarlo de un día para otro; eso tendría costos sociales que nadie debe ignorar. Pero es hora de diseñar un desmonte gradual, acompañado de inversiones visibles en transporte colectivo y de apoyos focalizados para quienes realmente los necesitan.

Europa nos enseña que el precio correcto de la energía educa, ordena y moderniza. El subsidio generalizado, por bien intencionado que sea, hace daño.