Cuando concebimos una vida con propósitos, surge una interrogante que adquiere amplia significación: ¿es posible ser mejor? No mejor que otro, que es la mirada difusa y miope de la vanidad, sino mejor de lo que fuimos ayer.
Esa es, quizás, la competencia más exigente y la única inacabable. Los grandes nombres del arte, del deporte, de la empresa y la historia de las naciones no nacieron terminadas; fueron forjándose a golpe de error, disciplina y una pertinaz voluntad de corregirse.
La psicóloga Carol Dweck, profesora de la Universidad de Stanford, dedicó décadas a estudiar este fenómeno y lo resumió en su libro «Mindset: la actitud del éxito». El texto aborda dos maneras de percibirse: la mentalidad fija, que concibe el talento como un don inmutable que se tiene o no se tiene, y la mentalidad de crecimiento, que entiende las capacidades como algo que se desarrolla con esfuerzo, estrategia y aprendizaje.
Quien cree que su inteligencia es un techo evita el riesgo para no quedar en evidencia; quien la asume como punto de partida busca el desafío, porque sabe que allí es donde se crece.

El deporte ofrece pruebas elocuentes. Michael Jordan, hoy sinónimo de excelencia, no fue incluido en el equipo principal de su escuela secundaria en su segundo año.
En lugar de rendirse, convirtió aquella decepción en combustible: entrenaba antes que nadie y se quedaba con posterioridad a la salida de los demás. Más cerca de nosotros, Pedro Martínez escuchó durante años sobre su delgada y frágil contextura corporal para resistir las exigencias de las Grandes Ligas, y respondió con una de las carreras más dominantes que ha conocido el béisbol. David Ortiz, dejado en libertad por los Mellizos de Minnesota en 2002, encontró en Boston la oportunidad de reinventarse, siendo pieza central de campeonatos que pusieron fin a una negativa y frustrante racha de 86 años, conocida como «la maldición del Bambino».
En ninguno de estos casos el rechazo fue el final de la historia. Fue, más bien, el punto de inflexión en el que cada uno trazó sus objetivos. Ahí reside la primera lección del reto de ser mejor: el fracaso no define a la persona; lo que la perfila es la respuesta que se ofrece.
El arte nos muestra algo parecido, aunque con un lenguaje más íntimo. Ludwing van Beethoven, dueño de una inestimable sensibilidad musical, compuso algunas de sus páginas más pródigas cuando ya la sordera le había arrebatado el sentido que más necesitaba. El talento abre la puerta; el trabajo sostenido es lo que permite atravesarla.
El investigador sueco, Anders Ericsson, precisó en su libro, «Número uno (Peak)», que es insuficiente la acumulación de horas de práctica. Lo que separa al experto del aficionado es la praxis deliberada; ejercitarse en el límite de la propia capacidad, con metas concretas, retroalimentación constante y la incomodidad de enfrentar justamente aquello que todavía no se domina. Repetir lo que ya sabemos hacer nos hace sentir competentes; trabajar en lo que aún desconocemos ejecutar es lo que nos hace mejores.
El mundo empresarial nos brinda otra perspectiva. Steve Jobs fue apartado en 1985 de la compañía que él mismo había fundado. Aquella caída, que pudo ser definitiva, se convirtió en un largo aprendizaje: fundó NeXT, impulsó Pixar y regresó a Apple en 1997 con una visión más madura y ponderada, capaz de transformar una empresa al borde de la quiebra en una de las más valiosas del planeta.
Óscar de la Renta salió de Santo Domingo siendo un joven estudiante de pintura, se formó durante años en los talleres de Madrid y París antes de construir en Nueva York una casa de moda reconocida en todo el mundo. Ninguno utilizó la abreviación del camino como alternativa; ambos entendieron que la excelencia es un oficio que se aprende.
También las naciones
Tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, Japón hizo de la mejora continua una filosofía nacional. El consultor japonés, Masaaki Imai, conocido como el padre de la mejora continua, lo describió en su libro «Kaisen: La clave de la ventaja competitiva japonesa». En él propone avanzar mediante pequeños perfeccionamientos diarios, sostenidos y durante mucho tiempo. No se trataba de un gran salto, sino de miles de pasos breves que, sumados, levantaron una de las economías más sólidas del siglo XX.
Corea del Sur, que a comienzos de la década de 1960 figuraba entre los países más pobres del mundo, apostó por la educación, la industria y la disciplina colectiva hasta convertirse en una potencia tecnológica y cultural. Singapur, una pequeña isla sin recursos naturales que alcanzó su independencia en 1965, eligió, a través del liderazgo de Lee Kuan Yew, la meritocracia, el orden institucional y la inversión en su gente.
Estos países no esperaron tener las condiciones ideales: las fueron construyendo, con paciencia y con una nítida comprensión sobre el desarrollo y el bienestar.
Existen, en los ejemplos ofrecidos, cuatro elementos que forman un patrón común. El primer es la humildad para reconocer lo que falta: nadie mejora en aquello que se niega a ver. El segundo elemento es la constancia, esa virtud carente de vistosidad que convierte el esfuerzo de un día en el hábito de toda una vida.
El tercero es la capacidad de levantarse después de la caída sin buscar culpables ni excusas. Y el cuarto, tal vez el más decisivo, es tener un propósito que trascienda al aplauso inmediato: se persevera solo aquello que se considera digno.
El reto de ser mejores no es una carrera contra los demás, sino un ejercicio de honestidad alrededor de nosotros mismos. Exige mirarse sin complacencias, aceptar la incomodidad del aprendizaje y entender que el talento sin trabajo se marchita, mientras que el trabajo con propósito florece.
Para República Dominicana, que ha dado al mundo deportistas, emprendedores, artistas y creadores de primer orden, su finalidad es hacer de la excelencia individual una cultura compartida. Porque ser mejor no es un destino al que se llega, sino un camino que se elige recorrer, cada mañana, otra vez.