El PRM y algo más importante que el nombre

Rafael Chaljub Mejìa
Rafael Chaljub Mejìa

Ya la fuerza política que encabezan el expresidente Hipólito Mejía y el doctor Luis Abinader tiene su nombre oficial. Pudo haberse llamado Mayoritario y eso, aunque tuviera su importancia, en definitiva no era lo fundamental.

Mayoritario se llamó el Partido Comunista fundado por Lenin en 1898, a partir del congreso de 1903. Bochevique en ruso quiere decir mayoría y como con Lenin estaba la mayoría que salió triunfante, el partido por un tiempo llevó esa denominación. Un hecho circunstancial, es decir el ser mayoritario en un momento dado, determinó el nombre oficial del partido ruso y el término bolchevique pasó a la historia como símbolo de consecuencia comunista.

Pero no fue por el nombre, sino por sus principios y por sus hechos.

La organización de Mejía, Abinader y sus dirigidos pudieron llamarse mayoritarios y eso no lo hacía semejante a los mayoritarios de Lenin, ni mucho menos.

Pudo haberle dado alguna ventaja frente a sus rivales perredeístas, pero a fin de cuentas, al nuevo partido no se le juzgará por el nombre. Se le juzgará, en primera instancia, por sus postulados, la línea general y la plataforma programática que enarbole, la orientación política que asuma y el espacio que procure ocupar en el cuadro político nacional.

Aquí si es verdad que queda mucho por hacer y ojalá los del Partido Revolucionario Moderno –PRM- interpreten los signos de los tiempos y no traten de ser una fuerza más del conservadurismo y la derecha.

Si de eso se trata, el PRM no tiene porvenir, porque el espacio político de lo conservador y rutinario está ocupado por las fuerzas políticas más poderosas. Pretender crecer en ese espacio ocupado es, como se dice entre los herreros, machacar en hierro frío.

La única posibilidad de desarrollo de una fuerza política que se presente como nueva en nuestro país está en el campo democrático y progresista; en la lucha, ardua pero promisoria, por ganar la mayores simpatías entre los partidarios de la ruptura con lo viejo y tradicional y del combate por el cambio real.

En lo económico, lo social, lo moral, por supuesto. Sería impertinente pedirles a los del PRM que salgan enarbolando banderas ultraradicales, pero deben saber que tienen por delante la grave responsabilidad de demostrar que representan una real esperanza de renovación política, que encarnan en sus principios y acreditan con su conducta práctica las aspiraciones patrióticas y avanzadas de una extensa cantidad de hombres y mujeres que se cansaron hace tiempo del más de lo mismo y anhelan el surgimiento de una opción política positivamente nueva, positivamente distinta.

Así, ya superada la cuestión formal del nombre, al PRM corresponde ahora mostrar las credenciales de su identidad, enseñar sus postulados, su línea y su orientación, y presentárselos al país, que por ahí empieza a comprobar si estamos ante una esperanza con fundamento o una repetición de lo rutinario.