El presupuesto retrata el alma del poder

Víctor Féliz Solano
Víctor Féliz Solano

Cada vez que una autoridad aprueba un presupuesto, en realidad está diciendo qué le importa de verdad. Está diciendo quién merece atención inmediata, quién puede seguir esperando y qué dolores humanos serán tratados como urgencia o como simple estadística. Por eso sostengo que el presupuesto no es un papel, ni una tabla fría de números, ni un requisito administrativo para cumplir con la ley. El presupuesto es una decisión moral.

Detrás de cada partida hay una visión de sociedad. Cuando se asignan fondos abundantes para propaganda, ceremonias, privilegios y gastos superfluos, mientras se deja en el abandono la recogida de basura, el drenaje pluvial, el mantenimiento de espacios públicos, la seguridad vial o los servicios básicos de los barrios, lo que se está expresando no es una falla técnica. Lo que ahí se revela es una escala de valores profundamente distorsionada.

Gobernar también consiste en escoger. Los recursos nunca son infinitos, pero la responsabilidad pública obliga a jerarquizar con sentido de justicia.

Ahí está el punto esencial. Un buen presupuesto no es el que luce bonito en la portada ni el que presenta cifras rimbombantes para impresionar a la opinión pública. Es el que responde con seriedad a las necesidades reales de la gente. Es el que entiende que una acera construida en un sector olvidado puede valer más, en términos humanos, que una campaña publicitaria de alto costo diseñada para alimentar egos.

Hay gobernantes que hablan de eficiencia como si se tratara únicamente de gastar menos. Ese enfoque es insuficiente. La verdadera eficiencia pública consiste en gastar mejor, con criterio, con sensibilidad y con honestidad frente a la realidad social. Ahorrar en lo esencial para despilfarrar en lo accesorio no es eficiencia. Es irresponsabilidad. Y cuando esa irresponsabilidad afecta a comunidades enteras, termina convirtiéndose en una forma de violencia institucional silenciosa.

En los gobiernos locales esto se ve con una claridad extraordinaria. Un ayuntamiento puede decir mucho de sí mismo sin pronunciar una sola palabra. Basta revisar hacia dónde dirige el dinero. Si el presupuesto fortalece limpieza urbana, drenaje, ordenamiento, mantenimiento de mercados, cementerios, iluminación, parques y apoyo comunitario, entonces hay una comprensión básica de la misión pública. Si, por el contrario, se privilegian contratos opacos, nóminas infladas, gastos de representación exagerados y actividades vistosas de escaso impacto, estamos frente a una administración desconectada del interés colectivo.

Por eso resulta tan importante que la ciudadanía deje de ver el presupuesto como un asunto exclusivo de técnicos, contadores o especialistas. El presupuesto es demasiado importante para quedarse encerrado en oficinas. Debe ser explicado de manera clara, discutido con transparencia y defendido con argumentos comprensibles. La gente tiene derecho a saber por qué se invierte en una cosa y no en otra. Tiene derecho a cuestionar, a comparar y a exigir coherencia.

También debemos decir algo que incomoda. Muchas veces el presupuesto se convierte en el instrumento más elegante para legalizar el abandono. Se redacta con formalidad, se aprueba con solemnidad, se publica con lenguaje técnico, y sin embargo termina respaldando prioridades equivocadas. La ley puede haber sido cumplida en la forma, pero la sociedad queda herida en el fondo. No todo lo legal es legítimo. Y no todo lo presupuestado responde a la justicia.

Un presupuesto serio debe comenzar por una pregunta sencilla, pero decisiva. ¿A quién beneficia primero esta asignación y a quién deja atrás? Esa pregunta desnuda la verdad de cualquier gestión. Porque el poder siempre encuentra la manera de justificarse, pero el presupuesto lo delata.