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El poder y la locura

Desde hace tres días las redes sociales a nivel mundial han colapsado en expectación y perplejidad. La oscuridad ha salido a la luz con la constatación de la deshumanización de las élites depredadoras que gobiernan el planeta. La lista es larga y las barbaridades inimaginables.

El caso Esptein ha rebelado una vez más la relación entre poder político, económico o social y la megalomanía o tendencia a enloquecer literalmente cuando no se sabe manejar el poder, el uso de las riquezas, la fama o el prestigio social.

Sólo eso explica que líderes mundiales del nivel político, del sector empresarial, del medio artístico y hasta académico se hicieran cómplices o participaran de atrocidades contra niños, niñas y adolescentes en una isla paradisíaca propiedad de un pedófilo que era el mecenas de las extravagancias y aberraciones más ocultas de la alta sociedad.

Se confirma la teoría de la “paradoja del poder” que formuló Dacher Keltner que plantea los riesgos del poder al llevar a las personas a la desconexión con la realidad, a la ausencia de empatía y a la creencia de la omnipotencia.
Parece ser que la historia es cíclica. Se siguen repitiendo los mismos patrones que vinculan el poder a la locura: el abuso extremo, extravagancias, la depredación de los más débiles, el desprecio por el ser humano, la burla a las leyes, el afán de totalitarismo, el convencimiento de la superioridad personal frente al resto de los mortales, la obsesión con la inmortalidad y el sentimiento de grandiosidad y endiosamiento.

Esos son los comportamientos del Nerón que incendió Roma, del Calígula que convirtió su palacio en un burdel y nombró cónsul a su caballo Incitatus, del Luis XIV que se hizo llamar el Rey Sol, del Leonidas Trujillo que abusó de niñas y mujeres y masacró a miles de seres dominicanos solo por contradecirlo o al Hitler que cometió el genocidio judío en nombre de la supremacía de la raza aria.

Creíamos que habíamos superado la barbarie pero no, la irracionalidad persiste. Esas prácticas han seguido presentes, pero secretas en los que están llamados a civilizar, defender derechos y a educar a los pueblos.

Que las lecciones del caso Epstein no se queden en el morbo de las redes sociales y los medios de comunicación. Que nos ayude a despertar y a recuperar la esencia del poder como servicio, bondad y mejora de la humanidad.

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Columnista de El Día

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