El pensamiento del outsider

a política latinoamericana

La política latinoamericana de las últimas cuatro décadas puede leerse, en buena medida, como una sucesión de rupturas protagonizadas por figuras que llegaron al poder proclamándose ajenas al sistema que aspiraban gobernar.

Esa figura disruptiva es una respuesta recurrente y en ocasiones estructural a los ciclos de deslegitimación de los partidos tradicionales. En el presente trabajo me propongo exponer las referencias y ejemplos más elocuentes en relación a un fenómeno que plantea retos para el presente y futuro político electoral dominicano: el outsider.

Los politólogos Kenneth Roberts y Carlos de la Torre, estadounidense y ecuatoriano, respectivamente, han abordado con claridad y presteza la crisis institucional que produce al outsider y el repertorio simbólico que este despliega para capitalizarla.

Cuando las estructuras partidarias pierden su capacidad de canalizar demandas sociales por corrupción, por rigidez ideológica o por desconexión con las mayorías, se abre lo que Roberts denomina un vacío de representación. Ese vacío no permanece indefinidamente disponible, es ocupado, casi siempre, por actores que no provienen de la clase política tradicional y que construyen su legitimidad precisamente sobre esa distancia.

Carlos de la Torre, por su parte, describe a través de la seducción populista cómo el outsider articula una narrativa manipuladora que divide a la sociedad entre un pueblo virtuoso y una élite corrupta, ajena y traidora. Este relato no es meramente instrumental, construye una identidad colectiva en la que el líder se presenta como la encarnación directa de la voluntad popular, sin mediaciones institucionales.

Casos latinos del siglo XX

La figura de Fernando Collor de Mello en Brasil, en 1989, ofrece uno de los primeros laboratorios de esta lógica en la región. Collor de Mello irrumpió como un joven gobernador prácticamente desconocido a escala nacional, ajeno a los grandes partidos, y construyó su campaña sobre la promesa de “cazar marajás”, es decir, de perseguir a los privilegiados del Estado. Su figura condensaba ya los elementos anteriormente descritos: un sistema partidario debilitado tras la dictadura, una ciudadanía desencantada y un candidato capaz de presentarse, a través del empuje que otorgaba la televisión, como la negación viviente de la clase política.

El pensamiento del outsider
Roberto Ángel Salcedo

Alberto Fujimori, en el Perú de 1990, radicalizó ese patrón. Sin partido, sin trayectoria política previa y enfrentado a un candidato del establishment literario e intelectual como Mario Vargas Llosa, construyó su triunfo sobre el rechazo explícito a los partidos tradicionales, a los que llamó responsables de la crisis económica y del terrorismo. Su posterior autogolpe de 1992 ilustra con crudeza uno de los riesgos centrales con los que hemos descrito al outsider; gobierna contra las instituciones provocando, tarde o temprano, su debilitamiento desde dentro, apelando a la eficacia y a la voluntad popular como justificación.

Hugo Chávez representa una variante más compleja en la que el outsider no solo desafía al sistema de partidos, sino que propone sustituirlo por un proyecto refundacional. Militar, golpista (por el fallido intento del 4 de febrero de 1992) devenido en líder electoral, Chávez capitalizó el descrédito del bipartidismo venezolano —Acción Democrática y COPEI— tras años de pactos excluyentes, y construyó su ascenso al poder siguiendo el modelo narrado con anterioridad. Su caso muestra cómo el discurso del outsider puede evolucionar hacia un proyecto de poder de largo aliento, con vocación de permanencia y de reescritura constitucional.

Los outsiders de nuestros días

La ola contemporánea confirma que este fenómeno no pertenece únicamente al pasado. Javier Milei ha revitalizado el arquetipo con un vocabulario propio —la casta— que reproduce con notable fidelidad la dicotomía moral, ahora amplificada por las redes sociales y por un estilo performático que rompe deliberadamente con los códigos de la política tradicional.

Nayib Bukele, en El Salvador, añade una dimensión generacional y comunicacional al fenómeno. Su ruptura con el FMLN, partido que lo formó políticamente, y su posterior triunfo al margen del bipartidismo histórico siguen el mismo guión de agotamiento de la representación tradicional. Bukele, sin embargo, ha llevado más lejos que ninguno de sus antecesores el uso de las plataformas digitales como sustituto de los canales institucionales de comunicación política, gobernando en gran medida a través de una relación directa y permanente con la ciudadanía en redes sociales, lo que reduce todavía más el papel mediador de los partidos y del periodismo de tradición.

Conviene, sin embargo, no idealizar el fenómeno. El mismo proceder que permite al outsider capitalizar el descontento ciudadano suele generar, una vez en el poder, tensiones profundas con la institucionalidad democrática. La apelación directa al pueblo, sin mediaciones, tiende a erosionar los contrapesos —parlamentos, cortes, prensa— que precisamente esos liderazgos presentan como obstáculos ilegítimos ante la voluntad libérrima del pueblo.

En la política doméstica
En República Dominicana, la posibilidad de un outsider no es un escenario remoto, es una hipótesis que conviene tomar en serio precisamente porque las condiciones estructurales que señala Roberts —desgaste del sistema de representación, fatiga ciudadana ante la clase política, distancia entre gobernantes y gobernados— no le son ajenas al país.

Lo que hasta ahora ha contenido ese fenómeno en la política dominicana es la relativa capacidad del sistema político de absorber el descontento dentro de sus propias estructuras, en lugar de expulsarlas; pero esa capacidad de absorción no es indefinida ni automática.

Si nuestras instituciones no logran renovar sus liderazgos, responder con eficacia a las demandas ciudadanas y sostener canales creíbles de representación, el vacío podría abrirse también aquí, y la práctica argumental del outsider, ya ensayada con éxito en Argentina, El Salvador y más recientemente en Colombia con la escogencia de Abelardo de la Espriella, encontraría terreno fértil para su propia versión dominicana.

El pensamiento del outsider, en definitiva, se enmarca dentro de una estructura protocolar que se expresa en un conjunto de gestos, relatos y posicionamientos que se activan y se contraponen con mayor vigor en la medida en que la representación tradicional falla en su tarea esencial.

Varios pueblos hermanos, a través de experiencias vividas, nos ofrecen las herramientas para leer este fenómeno sin reducirlo a la anécdota de un líder carismático, sino como síntoma de procesos más profundos que han marcado la historia política de América Latina.