Después de la Constitución, el Código Penal es la legislación más importante de una nación. No puede reformarse con mentiras ni bandidaje; podemos detectar la asimetría entre lo que se gana y lo que se ofrece, escribimos o decimos algo, fácil para nosotros, pero no para otros.
La Cámara de Diputados recibió las propuestas de modificación y cambios al Código Penal dominicano, concentrando fundamentalmente su foco en la difamación, el ultraje, la responsabilidad penal de los partidos políticos, la despenalización del aborto en circunstancias especiales y la violencia vicaria, una forma de violencia de género en la que habitualmente un hombre o mujer que ejerce violencia contra su pareja o expareja, daña o amenaza con dañar a los hijos, hijas u otros seres queridos con el objetivo de causar el mayor sufrimiento posible a la mujer. La Cámara de Diputados recibió dichas propuestas hasta el pasado miércoles a las 6:00 p. m., y se conoció entre los proponentes al presidente del Senado, a la Alianza contra la Corrupción (ADOCCO), a un grupo de voceros de los Partidos Políticos, entre otros juristas, a título personal.
Aunque se pueda ponderar por separado los cambios a esas categorías penales, mucha gente sólo quiere preguntar, rogar porque se diga la verdad. Si hay mentiras, o si seguimos mintiendo, no se logrará mucho con respecto a los cambios esperados en la legislación penal, pues, lo que está ocurriendo es una “verdad que se oye de repente”.
En la mitología griega, el personaje más destacado relacionado con la mentira, el engaño y la astucia fue Hermes, el dios olímpico de los ladrones y los mentirosos. Procusto fue un bandido y un “estirador”, un cruel propietario de una pequeña hospedería de Coridalo, Ática, entre Atenas y Eleusis, donde se llevaban a cabo sus ritos misteriosos.
Según la leyenda, Procusto tenía una cama de hierro en la que obligaba a acostarse a sus huéspedes. Si la persona era más baja que la cama, la estiraba violentamente hasta hacerla coincidir con su longitud; si era más alta, le cortaba las partes del cuerpo que sobresalían. Su obsesión era que todos encajaran exactamente en la misma medida.
Los seres humanos afrontan los límites del conocimiento y las cosas que no observamos, lo oculto y lo desconocido, “resolvemos la tensión embutiendo la vida y el mundo en ideas claras y trilladas, en categorías reduccionistas, en vocabularios específicos y en narraciones manidas que, en ocasiones, tienen consecuencias explosivas”.
Porque (aquí entran los aforismos en base a Procusto), “se puede sustituir una mentira con la verdad; pero un mito sólo se reemplaza con una narración”. No ser conscientes de este “retroencajamiento”, como sastres que se enorgullecen de haber entregado un traje perfectamente ajustado tras alterar quirúrgicamente las extremidades de sus clientes.
La historia de Procusto terminó cuando el héroe de Teseo lo captura y aplicó el mismo castigo que imponía a sus víctimas. De esta leyenda surge la expresión "lecho de Procusto", que se utiliza metafóricamente para describir cualquier intento de imponer una norma, regla o modelo rígido a personas o situaciones diferentes, obligándolas a encajar, aunque ello resulte injusto o perjudicial.
No es un acto de justicia, si aplicamos la suerte de Procusto, a quien le salió el tiro por la culata, tratando de estirar a los huéspedes de su hospedería. La moraleja del mito de Procusto es que no se obliga a las personas a ajustarse a un modelo o estándar, especialmente cuando eso implica ignorar sus diferencias o causar daños, que ocurrirán definitivamente.