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El extraño pueblo estadounidense donde la basura se convierte en arte

No aparece en mapas turísticos. Tampoco en censos. Pero está allí, como sobreviviente al calor que corta la respiración. Donde termina el asfalto y todo comienza a ser arena. Sobre una desmantelada base militar. Sin electricidad, sin agua corriente, sin impuestos ni leyes. Con la consigna “vive y deja vivir”.

Territorio de quien se atreve a quedarse. Basta con encontrar un pedazo de tierra sin reclamar, estacionar la casa rodante o armar un refugio con madera y lona.

Aquí la vida es un ejercicio de resistencia. El termómetro puede trepar hasta los 50° centígrados en verano. Cuando sucede, la mayoría de los visitantes recogen sus cosas y desaparecen.

El agua hay que traerla de canales cercanos o confiar en la generosidad comunitaria. La ducha pública —alimentada por un manantial termal— es el único lujo compartido.

Por las noches la única iluminación viene de fogatas, linternas y sistemas solares improvisados.

La droga más común es el cristal, pero el alcohol nunca falta. El robo se paga con el exilio moral y el desprecio de los vecinos.

Conciertos, fiestas de año nuevo que duran una semana, tertulias clandestinas y funciones de cine en pantallas improvisadas, alternan el aburrimiento.

Este pueblo también es un santuario para el arte. La joya es Salvation Mountain, una colina artificial multicolor, cubierta de mensajes bíblicos y coronada por una cruz.

Jubilados, viajeros, hippies, artistas, personas con trastornos mentales, desertores del capitalismo llegaron hasta aquí por convicción, otros por necesidad.

La seguridad depende de la amabilidad y el respeto mutuo.

El terreno pertenece nominalmente al estado, pero ni el gobierno ni la policía parecen interesados en imponer un orden convencional.

Las amenazas de desalojo flotan como fantasmas.

Aquí llegan los que huyen de deudas, de relaciones rotas, de persecuciones judiciales o, simplemente, de sí mismos.

La comida escasea, pero la poca que hay se comparte. A pesar de la precariedad, la vida en este poblado comienza o termina en el pozo termal, donde el agua caliente reúne a los pobladores para bañarse y conversar.

Sus leyendas, que han aparecido en videojuegos, videoclips musicales y en la película Into the Wild, yacen enmarcadas por calles polvorientas, casas pintadas de colores imposibles, vehículos mutantes y mensajes que compiten con grafitis anarquistas.

Cada esquina es una historia convertida en leyenda: un jubilado que estira su pensión, una pareja de artistas que recicla metal y vidrio.

Las reglas —si es que existen— se escriben con spray sobre puertas desvencijadas: “Respeta el arte”.

Arte que se destruye y se renueva cada temporada, en una mutación constante.

Cada sábado se transforma en un anfiteatro improvisado donde músicos alternan tocar guitarras y tambores.

En los días de mayor calor parece un pueblo irreal. Solo los más resistentes —o los que no tienen adónde ir— permanecen.

Los hospitales más cercanos están a más de 60 kilómetros. Hay que confiar en la solidaridad ajena o en la propia fortaleza.

La librería es uno de los pocos refugios del mediodía. Estantes improvisados, libros amontonados, fotografías y algún poema escrito a mano. Y también el cartel: “No hay wifi, hablen entre ustedes”.

Posee un museo – East Jesus – al aire libre, donde los desechos: esculturas de neumáticos, barcos piratas, piezas de chatarra, desafían el sentido común. Cada uno tiene una segunda vida.

En ese polvo que entra por cada rendija, se adhiere a la piel un letrero grita: “Bienvenidos a Slab City. El último lugar libre de América”.

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