El espectáculo de la agonía: Cuando el "Rating" mató a la humanidad

Jesús Díaz
Jesús Díaz, periodista. autor del artículo.

"No me dejes morir". Cuatro palabras que deberían haber movilizado el universo entero de quien las escuchaba, se convirtieron en el último susurro de Deybi Abreu, un trabajador de la limpieza cuya vida se escapaba entre el asfalto y la sangre. Pero frente a él, no encontró una mano que presionara su herida o una voz que le asegurara que la ayuda estaba en camino; encontró el lente frío de un celular y una batería de preguntas de quien, olvidando su condición humana, prefirió el rol de "comunicador" al de prójimo.

Lo ocurrido con el chofer del camión recolector de basura es el síntoma más alarmante de una sociedad que ha decidido normalizar la apatía. El asesinato, perpetrado por ‘’bestias en un motor’’, es el reflejo de una inseguridad que nos acecha, pero la reacción de quien grababa es el reflejo de una descomposición interna mucho más difícil de sanar.

¿En qué momento la búsqueda de una primicia o de un video viral anuló el instinto básico de socorro? La escena es dantesca: un hombre se desangra, suplica por su vida, y en lugar de humanidad, recibe un interrogatorio. Aquí entra en juego una crisis ética profunda. La comunicación, que debería servir para dar voz a los que no la tienen, se desvirtúa cuando se utiliza para diseccionar el dolor ajeno en tiempo real, sin el más mínimo respeto por la dignidad del moribundo.

A Deybi Abreu le fallamos todos. Le falló un sistema de seguridad que permite que la violencia motorizada dicte sentencia en las calles, pero, sobre todo, le falló una sociedad que padece de un desorden ancestral: la falta de empatía. Hemos construido una cultura donde el dolor es contenido de consumo y donde la desgracia del otro es simplemente algo que se "comparte" en grupos de WhatsApp.

Esta insensibilidad no es nueva, pero se ha tecnificado. La normalización de la tragedia nos ha convertido en espectadores pasivos de nuestra propia desgracia colectiva. Cuando la curiosidad morbosa supera al sentido de auxilio, la sociedad civil ha muerto antes que la víctima.

El caso de Deybi debe ser un punto de inflexión. No basta con lamentar el vil asesinato. Es imperativo cuestionar nuestra propia conducta frente a la pantalla. Si como sociedad somos capaces de ver a un hombre agonizar y nuestra primera reacción es grabar en lugar de abrazar o socorrer, hemos perdido la brújula moral.

La muerte de Deybi Abreu nos deja una herida abierta y una pregunta incómoda que nos persigue a todos: ¿Dónde quedó nuestra condición humana? Si no recuperamos la capacidad de conmovernos ante el grito de "no me dejes morir", entonces, como colectivo, ya estamos muertos por dentro.

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