El discurso del insulto

Altagracia Suriel
Altagracia Suriel

A propósito de las candidaturas emergentes para el escenario electoral del 2028 y los debates en medios, resulta interesante abordar el discurso del insulto que se ha puesto de moda como forma de expresión, de estilo y de cultura. Muchos lo celebran como espectáculo y otros lo condenan por la degradación personal y social que implica, por eso el interés del análisis.

Si lo analizamos como recurso de expresión el discurso del insulto sería la viva imagen de la irracionalidad, de la falta de reflexión, de contención y de desbordamiento de emociones y de pasiones como dirían los estoicos. Quien obra y actúa desde el pathos, desde el punto de vista de esta escuela, expone una profunda ignorancia que limita la autoreflexión que lleva a la serenidad y a la compostura.

Si profundizamos el tema abordado desde su uso en el escenario político y en otros ámbitos de la vida, hay que recordar, siguiendo a Schopenhauer, que la esencia del insulto no es la grosería y vulgaridad que expresa ni su fin es lo que se cree que es insultar o injuriar. Para este filósofo el insulto es el recurso que se usa cuando aflora cuando está anulada la capacidad de argumentación. Es decir, el que invoca el insulto es porque no tiene nada que decir frente a su adversario y por eso apela a la agresión como forma de encubrir su falencia de argumentos.

Si indagamos en el discurso desde el estilo, habría que invocar la estética y la verdad es que la fealdad de la grosería no es un adorno para nadie.

Y si vemos el insulto como cultura y su trascendencia social habría que asociarlo al contexto de las tecnologías de la información y la comunicación donde el discurso al que nos referimos se podría reducir a mercado y espectáculo. La grosería, la morbosidad y la obscenidad venden, suman likes y monetizan.

Ahora bien, analizar el discurso del insulto filosóficamente es un ejercicio intelectual válido y necesario. Pero elevar al nivel académico del discurso del insulto y presentarlo como referente educativo y, además, validarlo como opción política ya es otra cosa. André Malraux dijo que “no es que los pueblos tengan los gobiernos que se merecen, sino que la gente tiene los gobernantes que se le parecen”. Ojalá que la identidad dominicana nunca se asocie a la política como insulto, soberbia y decadencia.

Sobre el autor

Altagracia Suriel

Columnista de El Día