El discreto encanto del continuismo
Aquí nadie se retira. Tampoco renuncia. La expresión forma parte del diálogo de salón, de pasillos o de calle cuando abordamos entre amigos el atasco generacional que padece la sociedad dominicana en las instancias del poder político, empresarial, gremial, cultural y hasta comunitario.
El otro enfoque manido es que a un presidente no se le renuncia, justificación suficiente para que funcionarios superen hasta una década agazapados al frondoso –y frecuentemente generoso- árbol de la administración pública.
Y algunos son peores: cuando salen del gobierno por un asunto de “coyuntura política” levantan tiendas, crean movimientos, parcelas y otros mecanismos de apoyo al potencial próximo presidente, con el propósito de retornar al mismo puesto que ocuparon.
Es indetenible también la carrera por la recuperación de privilegios perdidos, porque no se trata sólo de la vocación de algunos señores y señoras de eternizarse en la dirección de instituciones (públicas o privadas). Mantener los vientos clientelares soplando a su favor es también una manía.
Eso explica por qué es tan importante para segmentos del poder económico privado cooptar a los poderes públicos, tener lacayos en el gobierno y literalmente convertir a ministros en sus empleados.
El discreto encanto del continuismo está en todas las esferas de la sociedad. De hecho, hasta lo practican con pasión aquellos que sentados en una poltrona de control de la opinión se pasan la vida condenando el reeleccionismo presidencial.
En 25 años de ejercicio profesional, sigo frente a los mismos actores. Eran mis entrevistados de antes.
Lo siguen siendo ahora. El periodismo, que vive sediento de nuevos protagonistas, es un eficiente medidor del tapón generacional que existe en este país.
Hacemos todos los esfuerzos por proyectar nuevos rostros, pero al final terminanos atrapados entre los elementos de siempre, aquellos a quienes Francisco Umbral llamó nuestros totems o los cuerpos gloriosos. Aquí los relevos envejecen y mueren sin entrar en acción. Asistimos a una sociedad marchita, incapaz de reinventarse.
