Uno de los economistas más sobresaliente de las últimas décadas es el francés Thomas Piketty, nacido en 1971 y actualmente profesor de Economía e Historia Económica en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales (EHESS) y en la Escuela de Economía de París. Desde el año 2000 es directeur d’études de la EHESS y, desde 2007, profesor de la Escuela de Economía de París. Además, es codirector del World Inequality Lab y de la World Inequality Database, instituciones dedicadas al estudio de la distribución del ingreso y la riqueza. (Piketty)
Desde la publicación, en francés en 2013 y en inglés en 2014, de su obra Capital in the Twenty-First Century — El capital en el siglo XXI, Piketty colocó nuevamente la desigualdad del ingreso y la concentración de la riqueza en el centro del debate económico internacional. El título establece, además, un evidente diálogo con El capital de Karl Marx, aunque las metodologías y conclusiones de ambos autores pertenecen a contextos históricos y teóricos muy diferentes.
Una de las principales contribuciones de Piketty fue demostrar, mediante una extensa reconstrucción histórica de datos fiscales y económicos, que la distribución del ingreso y de la riqueza no constituye un resultado inmutable de las fuerzas del mercado. Por el contrario, está profundamente condicionada por las instituciones políticas, tributarias y sociales. Su conocida relación entre la tasa de rendimiento del capital y el crecimiento económico —r > g— plantea que, cuando durante períodos prolongados el rendimiento del capital supera el crecimiento de la economía, la riqueza acumulada puede crecer más rápidamente que los ingresos derivados del trabajo, favoreciendo la concentración patrimonial.
El debate conserva plena vigencia. El World Inequality Report 2026 estima que el 10 % más rico de la población mundial recibe alrededor del 53 % del ingreso global, mientras que el 50 % más pobre obtiene apenas el 8 %. La concentración es todavía mayor cuando se observa la riqueza: el 10 % más rico posee aproximadamente tres cuartas partes de la riqueza mundial, mientras que la mitad más pobre posee apenas el 2 %. El 1 % más rico concentra por sí solo alrededor del 37 % de la riqueza mundial. (World Inequality Report 2026)
Estos datos ayudan a comprender por qué la desigualdad continúa siendo uno de los principales problemas económicos y sociales de nuestro tiempo. No se trata únicamente de cuánto produce una economía, sino de cómo se distribuyen los frutos del crecimiento entre quienes poseen capital, quienes trabajan y quienes carecen de activos suficientes para generar ingresos adicionales.
Entre las causas tradicionalmente asociadas al aumento de la desigualdad se encuentran la disminución de la sindicalización, los cambios en las instituciones laborales, la globalización, la apertura comercial, las transformaciones tecnológicas y el crecimiento de las remuneraciones de determinados trabajadores altamente cualificados. Después de la crisis financiera internacional de 2008, el debate adquirió mayor intensidad, debido a que la recuperación económica no siempre se tradujo en una mejora proporcional de los ingresos de los trabajadores.
A esta problemática se agrega ahora una transformación de enorme importancia: la inteligencia artificial, la automatización y la robotización están modificando la estructura de la demanda de trabajo. Sin embargo, conviene hacer una precisión: no existe todavía una estadística internacional que permita afirmar que determinado porcentaje del desempleo actual fue causado exclusivamente por la tecnología. Lo que sí pueden medir los organismos internacionales es el porcentaje de empleos expuestos a la IA y aquellos que presentan posibilidades de automatización, sustitución o transformación.
El Fondo Monetario Internacional estima que aproximadamente 40 % del empleo mundial está expuesto a la inteligencia artificial. En las economías avanzadas la proporción asciende aproximadamente al 60 %, debido a la elevada presencia de ocupaciones cognitivas y profesionales. De esos empleos expuestos en las economías avanzadas, una parte importante podría beneficiarse de la IA mediante aumentos de productividad, mientras que otra podría experimentar una reducción de la demanda laboral, menores contrataciones o, en determinados casos, sustitución de tareas humanas. (IMF)
La OCDE aporta una perspectiva complementaria: las ocupaciones con mayor riesgo de automatización representan, en promedio, alrededor del 28 % del empleo en los países miembros. No significa que todos esos puestos vayan a desaparecer, sino que una proporción significativa de las tareas que los integran podría ser automatizada o modificada. Por ello, el fenómeno tecnológico debe interpretarse más como una transformación de los puestos de trabajo que como una eliminación automática de ocupaciones completas. (OECD)
El problema adquiere características diferentes en América Latina. Un estudio conjunto de la OIT y el Banco Mundial estima que entre 26 % y 38 % de los empleos de América Latina y el Caribe están expuestos a la inteligencia artificial generativa. Entre 2 % y 5 % de los empleos presentan posibilidades de automatización completa con las capacidades actuales de esta tecnología, mientras que entre 8 % y 14 % podrían experimentar mejoras de productividad mediante su utilización. Además, unos 17 millones de puestos de trabajo que potencialmente podrían beneficiarse de la IA están limitados por las deficiencias de infraestructura y acceso digital. (OIT)
Este fenómeno tiene una particularidad importante en América Latina: la elevada informalidad laboral actúa, por un lado, como un amortiguador frente a la automatización inmediata, porque una gran cantidad de trabajadores se encuentra en actividades de baja productividad y escasa incorporación tecnológica; pero, por otro, limita la capacidad de esos trabajadores para aprovechar las nuevas tecnologías. El FMI advierte precisamente que la elevada informalidad regional reduce tanto la exposición inmediata a la IA como las posibilidades de obtener sus beneficios productivos. (IMF)
Por tanto, el riesgo no consiste solamente en que algunos trabajadores pierdan sus empleos. Existe también el peligro de que se produzca una polarización del mercado laboral: por un lado, trabajadores altamente cualificados que utilizan la inteligencia artificial para multiplicar su productividad y sus ingresos; por otro, trabajadores de baja cualificación que permanecen en actividades poco productivas, informales y de bajos salarios. Entre ambos grupos puede reducirse progresivamente el espacio disponible para los empleos de cualificación intermedia.
Esta posibilidad adquiere especial importancia para los jóvenes. La transformación tecnológica está modificando los requisitos de entrada al mercado laboral precisamente en una etapa en la que millones de jóvenes intentan obtener su primer empleo. La OIT proyecta para 2026 una tasa mundial de desempleo de 4,9 %, equivalente a unos 186 millones de personas, pero advierte que la aparente estabilidad del desempleo oculta problemas de calidad del empleo, informalidad y desigualdad. La organización estima, además, una brecha mundial de empleo de aproximadamente 408 millones de personas que desean trabajar pero no tienen acceso a un empleo remunerado. (OIT)
El problema de los jóvenes es particularmente significativo porque la transición tecnológica exige nuevas competencias con una rapidez que los sistemas educativos y de formación profesional no siempre consiguen alcanzar. La propia OIT advierte que la inteligencia artificial y otras transformaciones tecnológicas están introduciendo nuevas presiones sobre los mercados laborales, mientras que la calidad del empleo continúa estancada. (OIT)
En las economías en desarrollo, la transición laboral presenta características diferentes. Históricamente, millones de trabajadores han pasado de actividades agrícolas y empleos de baja productividad hacia ocupaciones industriales y de servicios en las ciudades. Esta transformación estuvo acompañada por la expansión de la educación, la urbanización y la incorporación progresiva de trabajadores a actividades de mayor productividad.
Sin embargo, la revolución digital puede modificar esta trayectoria. Una economía en desarrollo puede pasar directamente de actividades tradicionales a servicios digitalizados sin atravesar necesariamente por una amplia fase de industrialización intensiva en mano de obra. Esto crea oportunidades, pero también riesgos. Sectores que durante décadas constituyeron una fuente de empleo para países emergentes —como determinados servicios administrativos, centros de llamadas, procesamiento de información y algunas actividades rutinarias— podrían enfrentar una creciente competencia de sistemas de inteligencia artificial.
El FMI ha advertido precisamente que la IA puede afectar a alrededor del 40 % de los empleos de las economías emergentes, aunque el impacto inmediato sea menor que en las economías avanzadas. En países como Brasil y Sudáfrica, por ejemplo, la exposición se aproxima al 40 %. La menor exposición actual no necesariamente constituye una ventaja permanente, porque también puede significar una menor capacidad para aprovechar los incrementos de productividad asociados con la nueva tecnología. (eLibrary IMF)
En este contexto, la disminución del crecimiento de la fuerza laboral en numerosas economías avanzadas y algunas economías emergentes introduce una paradoja. Mientras la tecnología puede sustituir determinadas tareas humanas, el envejecimiento demográfico y la reducción de la población en edad de trabajar pueden generar escasez de trabajadores en otros sectores. En consecuencia, la tecnología no necesariamente conducirá a un desempleo permanente y generalizado; podría coexistir con escasez de trabajadores en determinadas actividades y excedentes laborales en otras.
La expansión de la escolarización y de la educación superior constituye una de las principales herramientas para enfrentar este desafío. Una fuerza laboral mejor preparada puede complementar a las nuevas tecnologías en lugar de competir directamente con ellas. El problema consiste en garantizar que la educación y la capacitación evolucionen con una velocidad comparable a la transformación tecnológica.
La OIT señala que el mercado laboral mundial mantiene cierta estabilidad en términos de desempleo, pero enfrenta importantes riesgos económicos, demográficos y tecnológicos. En 2026, alrededor de 2.100 millones de trabajadores podrían encontrarse en empleos informales, mientras cerca de 300 millones de trabajadores permanecen en condiciones de pobreza extrema. Esto demuestra que el problema del trabajo en el siglo XXI no puede reducirse exclusivamente al número de personas desempleadas: también debe considerar la calidad, productividad, remuneración y protección social de quienes sí tienen un empleo. (OIT)
La discusión tributaria planteada por Piketty adquiere, por ello, una nueva dimensión. El objetivo de una política fiscal progresiva no debería limitarse a redistribuir ingresos después de que se hayan generado, sino también a crear las condiciones para que una mayor proporción de la población pueda participar en las ganancias de productividad derivadas del cambio tecnológico.
El desafío consiste en encontrar un equilibrio entre redistribución, inversión, innovación y creación de empleo. Una presión tributaria excesiva o mal diseñada puede desincentivar determinadas inversiones, pero un sistema tributario incapaz de gravar adecuadamente las rentas y ganancias extraordinarias del capital puede permitir una concentración excesiva de la riqueza. El problema, por tanto, no es simplemente cuánto cobrar en impuestos, sino qué gravar, a quién, en qué proporción y con qué finalidad económica y social.
La transformación tecnológica también modifica la relación entre capital y trabajo que constituye uno de los grandes temas de la obra de Piketty. La inteligencia artificial, los robots y los sistemas automatizados son formas de capital que pueden aumentar considerablemente la productividad. Si los beneficios derivados de ese aumento se concentran exclusivamente en los propietarios del capital y en una pequeña proporción de trabajadores altamente cualificados, la innovación podría convertirse en un factor adicional de desigualdad.
Pero existe otro escenario posible. Si los aumentos de productividad permiten reducir los costos, elevar los salarios, crear nuevas actividades y financiar mejores sistemas educativos y de protección social, la tecnología podría convertirse en un instrumento para elevar el bienestar general. La diferencia entre ambos escenarios dependerá menos de la tecnología en sí misma que de las instituciones, las políticas públicas, la educación, la estructura tributaria y la capacidad de negociación de los trabajadores.
En definitiva, el gran desafío de las próximas décadas no será detener la innovación tecnológica, algo económica e históricamente inviable, sino evitar que sus beneficios se concentren en una minoría mientras sus costos recaen sobre los trabajadores con menor capacidad de adaptación.
La tesis de Piketty conserva así una extraordinaria actualidad. La desigualdad no es únicamente el resultado de diferencias individuales de productividad o esfuerzo; también es consecuencia de la manera en que una sociedad distribuye el capital, el conocimiento, las oportunidades y los frutos del crecimiento económico. El mundo actual agrega una nueva variable: la inteligencia artificial puede acelerar tanto la productividad como la concentración de ingresos y riqueza.
La respuesta, por consiguiente, no debería ser combatir la tecnología, sino democratizar sus beneficios. Educación de calidad, capacitación permanente, políticas activas de empleo, protección social, competencia económica, instituciones laborales modernas y una tributación progresiva constituyen instrumentos fundamentales para impedir que la revolución tecnológica profundice las desigualdades que Piketty documentó históricamente.
El reto económico del siglo XXI será conseguir que el crecimiento de la productividad y la acumulación de capital no avancen a una velocidad muy superior a la capacidad de la sociedad para distribuir sus beneficios. En esa tensión entre capital, trabajo, tecnología y distribución del ingreso se encuentra buena parte de la discusión económica del futuro.
El autor es economista.
Fuentes principales
Thomas Piketty / Paris School of Economics: biografía académica y trayectoria profesional. (Piketty)
World Inequality Lab — World Inequality Report 2026: distribución mundial del ingreso y la riqueza. (World Inequality Report 2026)
Fondo Monetario Internacional (FMI): inteligencia artificial, empleo y exposición tecnológica en economías avanzadas y emergentes. (IMF)
Organización Internacional del Trabajo (OIT): empleo, desempleo, informalidad y efectos de la IA en el mercado laboral. (OIT)
Banco Mundial y OIT: exposición de los empleos latinoamericanos a la inteligencia artificial generativa. (Banco Mundial)
OCDE: automatización, inteligencia artificial y transformación de las ocupaciones. (OECD)
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