Cuenta una añeja creencia destilada por los siglos que un día el Amor y el Interés se encontraron en el discurrir de la existencia.
– Buen día – saludó afable el Amor.
– Hermoso día – contestó el Interés.
Entonces el Amor, vestido de luz e inocencia, desde su guarida de cándida dulzura, asomó el rostro al horizonte para confirmar si la afirmación era cierta.
!Y lo era!
– Hermoso día.
– Aún más hermoso con su verdor y frescura está el campo. Es un paraíso. Compruébalo con tus propios ojos – aconsejó el Interés.
Entonces el Amor observó el linezo infinito del prado verde que doraba el sol con sus rayos de oro. Y comprobó también que su acompañante no mentía. Asintió.
Inmediatamente después Interés corrió hacia la entrada del campo e invitó al Amor a que aprovecharan y disfrutaran juntos tanta belleza y frescura.
Avanzaron hacia el vasto universo de las ilusiones y llegaron a donde vivía la aliada preferida del Interés: Necesidad.
Así que decidieron celebrar con alegría y entusiasmo el encuentro. Invitaron a las principales debilidades y tentaciones, entre ellas Orgullo y Lujuria.
Casi al final de la fantástica celebración, atormentado por la gran cantidad de pasión que le hizo tomar el incontrolable Deseo, el Amor cayó rendido ante los sueños y al despertar, ¡vaya sorpresa! estaba desnudo.
Después se supo que Interés se había vestido de él y se dedicó a recorrer durante siglos, hasta el día de hoy, los corazones de muchos enamorados.
Y es así como los humanos aprendieron a preferir el Interés disfrazado de amor y no el amor desnudo de interés.