El amor en los tiempos del zika

José Mármol
José Mármol

El título apela a “El amor en los tiempos del cólera”, novela de 1985 del fallecido escritor colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura 1982, en la que recrea, bajo una atmósfera de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, el amor, de corte romántico, y por tanto, imposible de materializar, de los personajes Florentino Ariza y Fermina Daza, en una ciudad colombiana del litoral caribeño.

Se inspira en la relación amorosa de sus padres, a quienes entrevistó por separado para este propósito ficticio. Fue llevada al cine en 2007 por el realizador Mike Newell, protagonizada por Giovanna Mezzogiorno y Javier Bardem, con guión de Ronald Harwood.

Aun desde la perspectiva del realismo mágico, aquel es un tiempo premoderno, de la era sólida en la realidad económica, política y cultural de Latinoamérica, que parecía que, como en Manrique, todo tiempo pasado fuera mejor.

Un tiempo en el que las cosas y las relaciones entre humanos, se aspiraba al menos, duraran para toda la vida. Florentino duró 50 años por conquistar a Fermina, quien se casó con el doctor Juvenal, zar contra el cólera, sin amar de él otra cosa que no fuera su estatus social.

Pero, en la posmodernidad, en la sociedad del riesgo global y de los capitales volátiles para sujetos y realidades líquidos, en la globalización o mundialización, lo que nos toca es el amor en los tiempos del zika, una enfermedad global para la que no existe todavía un remedio eficaz, y cuyo combate y trabajos de investigación están demandando de los organismos internacionales un presupuesto de miles de millones de dólares, que bien pudieran ser empleados para combatir el hambre, la desigualdad, el analfabetismo y la exclusión social como secuelas del progreso y la globalización.

Las enfermedades nunca han respetado fronteras, desde la Antigüedad y las conquistas europeas del Nuevo Mundo, hasta hoy. Sin embargo, la vertiginosidad de la propagación mundial de los virus, cada vez más mutantes y letales, es un efecto colateral de la mundialización del comercio y la cultura.

El amor y las relaciones humanas en la modernidad líquida y la barbarización de la economía y la política han sufrido un lamentable déficit de afectividad, cercanía corporal, unidad y propósitos familiares, que ha hecho añicos las relaciones significativas y duraderas, la espiritualidad y armonía en las parejas y ha trastocado el sentido de la intimidad como algo celosamente privado.

El compromiso es un deber pasado de moda. La información biométrica individual de que disponen hoy los organismos del Estado nos desnuda en un instante ante el espectáculo del mundo actual.

Lo digital somete a lo real.
La cosificación es una característica de las relaciones humanas y el amor en los tiempos del zika.

El uso alienante, adictivo de dispositivos tecnológicos ha provocado la deshumanización del individuo, tornándolo cada vez más insolidario, solipsista y orientado a lo mercurial, desvinculándolo de los valores universales, propósitos colectivos, hábitos fraternales y de la ética hacia el prójimo.

Esto no se debe a los adelantos tecnológicos en sí mismos, sino, a su delirante y sesgado empleo utilitario.

La conectividad ha suplantado la afectividad. El amor romántico se reduce a breves palabras mal escritas en pantallas líquidas. Al despertar cada mañana, primero tuiteo o googleo y luego existo.

El amor en los tiempos del zika está lastrado por una contagiosa incapacidad para amar y comunicar afectos. Consumir y tener importan más que amar y vivir. Importan la satisfacción individual, no la entrega; lo virtual, no los sentimientos; lo fugaz, no lo permanente; lo desechable, no el compromiso.