El agricultor dominicano
Estos últimos años, mi trabajo me ha llevado a conocer mi país como nunca; a conocer a mi pueblo y, en especial, a los hombres y mujeres que hacen producir nuestros campos.
En sus manos y en sus rostros se percibe la dureza de nuestra agricultura, pero sus ojos reflejan el amor por la tierra.
Sus corazones, así como los árboles que plantan, tienen sus raíces enclavadas en esos suelos que labran día a día.
A pesar de décadas de abandono y promesas sin respuestas, no dejan de creer, no renuncian a soñar. Su fe me llena el alma de esperanza.
Por eso, cuando regreso a mi hogar después de recorrer cientos, a veces miles de kilómetros, lo hago con el cuerpo agotado, pero el espíritu reverdecido.
Cuanta admiración siento por ellos. A veces los miro y mis ojos se humedecen de la emoción.
Ellos son los que no renuncian, los que no abandonan, los que se arriesgan, los que apuestan por la agricultura.
Muchas personas creen que los alimentos se producen en los supermercados, y olvidan que detrás de cada plato de comida hay cientos de manos que lo hicieron posible.
Mucho menosprecian el trabajo del agricultor, ignorando que es la labor más importante para la humanidad, sobre la cual se basa la civilización misma.
El 15 de mayo se conmemora el Día del Agricultor, y es una excelente oportunidad para reflexionar sobre la valentía y la importancia de nuestros agricultores.
Cuando visito los campos dominicanos, me convenzo de lo afortunados que somos como país de contar con abundante agua, con vastas tierras fértiles, pero, sobre todo, de contar con quienes desafían todo para lograr el milagro de la producción agrícola.