Educación y vida desechable

José Mármol
José Mármol

La educación como tarea de la sociedad posmoderna constituye un reto de un relieve tal que trasciende los deberes del individuo, la familia, el empresariado, la sociedad civil y el Estado.

Hay que asumir, que desde los grados de escolaridad iniciales hasta los estudios de posgrado, la educación implica, presumiblemente, un compromiso y un sacrificio que habría de culminar con la consecución de un empleo digno, que responda remunerativamente al nivel de profesionalidad; o bien, en el desarrollo de una actividad emprendedora, que permita a su hacedor un crecimiento económico y la generación de determinado número de empleos, factores que, como yuntas de buey, se rendirían ante el todopoderoso modelo especular de producción y consumo, y tocarán, como en un ritual teológico antiguo, la invisible mano del mercado, a la que entregará el individuo sus angustias e incertidumbres, sus delirios y frustraciones.

Desde los fundamentos pedagógicos de la milenaria paidea griega como modelo de la formación, la cultura y la civilización occidentales, el individuo se educaba para acumular una serie de conocimientos y destrezas que le garantizarían un puesto en la maquinaria productiva de la sociedad o el Estado; puesto al que, además, se aspiraba permanecer de por vida, en aras de la seguridad laboral y de la proyección de un futuro promisorio para el individuo.

Así se constituyeron los estamentos firmes de la educación de la era sólida, en aquellos tiempos predecibles, linealmente evolutivos y en los que las condiciones de la sociedad y su modo de producción gratificaban al sujeto con una jubilación, luego de haber sido leal por décadas a su empleador público o privado. Educación era, pues, sinónimo de consolidación de conocimientos para un futuro promisorio.

Sin embargo, la inestabilidad e hibridez del contexto moderno líquido en que vivimos hoy, signado por la precariedad de recursos, la incertidumbre ante el destino, la vertiginosidad en los cambios del decurso de la historia, la desigualdad social y el desempleo crecientes, los migrantes a causa de guerras, crisis políticas y sociales o pobreza extrema y la inestabilidad como única constante homeostática nos hacen preguntarnos si, acaso, el reto de la educación es hoy el mismo de ayer.

La respuesta es no. Ahora hay que educarse y aprender constantemente, de manera continua. Se trata de una educación que recomienza, que se renueva durante toda la vida.

Los saberes son licuados y fluidos, y por ese jaez, adoptan las formas de los cambios vertiginosos e impredecibles con que se mueven la inmediatez de los productos de consumo, la fugacidad de los estilos de vida, la celeridad en los cambios de la oferta y la demanda, y todo ello dirigido al vector de la inseguridad, el miedo y la angustia existencial del individuo y los grupos humanos, que ven, por efecto de la simulación, en el acto de consumir el paliativo o la panacea de los males y el descontento con la vida desechable inherente al neoliberalismo como ideología y como regulación económica, política y sociocultural.

Hay que estudiar toda la vida y no hay garantía de empleo estable o duradero al final de algún tramo de la preparación continuada.

Los nuevos empleados no son seducidos por la lealtad o el sentido de pertenencia a una empresa; tampoco a una ocupación

. La inconstancia es lo permanente. Lo único identitario es la ambivalencia.

También la educación sufre los daños colaterales de la globalización. ¿Asistimos al final de la educación como utopía del éxito individual, la estabilidad y el progreso? ¿Aporta la educación, a la antigua usanza, a la construcción de una nueva ciudadanía?