Edificar el bien común (2)

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David Álvarez Martín

León XIV aborda cuatro ángulos sobre la necesidad de construir una sociedad articulada en torno al bien común entre los acápites 11 y 14. En el artículo anterior analizamos los dos primeros, ahora veremos los otros dos.

Dejemos que el mismo Prevost lo señale. En tercer lugar, edificar un mundo en el que todos puedan “florecer” exige una corresponsabilidad valiente. Ninguna mano, por sí sola, basta para sostener el peso de los desafíos que atraviesa el mundo; y ninguna es tan débil como para no poder ofrecer su contribución. Aunque todo momento histórico ha tenido retos para construir sociedades donde la igualdad y la justicia florezcan, en el mundo actual enfrentamos una situación donde la facilidad con que se manipula a través de las redes sociales representa un desafío mayúsculo.

Recuperando su imagen de Nehemías señala la necesidad de que todos participen desde su circunstancias individuales y sociales. A cada uno corresponde su tramo de muralla: científicos e investigadores, empresarios y trabajadores, educadores y legisladores, sociedad civil, movimientos populares y comunidades de fe. Nadie puede considerarse a sí mismo como no-responsable de construir el bien común, al menos que su alienación sea grande y honda. La diversidad de contribuciones, desde los variados puestos sociales que ocupamos, tiene un nombre: subsidiariedad.

Muchos escuchan esta palabra y no entienden en su justa medida su significado. Tal como lo indican todos los diccionarios es un principio social, político y jurídico que indica que los asuntos deben ser resueltos por la autoridad más cercana al ciudadano, interviniendo un nivel superior (como el Estado) solo cuando los individuos o grupos intermedios no puedan alcanzar los objetivos por sí mismos. Es lo opuesto al populismo y el estatismo. En el caso dominicano es común ver a las comunidades y los barrios suplicar que el gobierno, a veces hasta al presidente de turno, que le resuelva tal o cual problema.

Señala el Papa que esta es la lógica de la subsidiariedad, que valora la cooperación entre generaciones, entre pueblos, entre disciplinas y culturas como el camino privilegiado para hacer crecer la estabilidad, la prosperidad y la paz. La subsidiariedad es esencial para la construcción del bien común, ya que únicamente cuando las comunidades se empoderan y asumen sus responsabilidades es que aflora lo común para el bien de todos.

El cuarto elemento para el bien común es el lenguaje, las palabras, el diálogo, la forma en que nos comunicamos unos con otros. Edificar en el bien requiere un lenguaje evangélico. Evitemos las palabras que humillan o enfrentan. Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos. Elemento clave en la actualidad donde el uso de palabras e imágenes a través de las pantallas se ha convertido en una cloaca de insultos, mentiras, bulos… La vida política ha pasado a ser un escenario asqueroso que logra ocultar las verdaderas necesidades de los pueblos y los pobres.

Y concluye esta parte del documento con una invitación al discernimiento profundo y alejarnos de las estériles manifestaciones emocionales. No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles. Más bien, indiquemos criterios de discernimiento —la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa común, la paz— y traduzcámoslos en prácticas: planificación responsable, evaluaciones del impacto humano y social, inclusión de los más frágiles, alfabetización digital, investigación e industria orientadas a la justicia y la paz. El bien común requiere lucidez, discernimiento sosegado y una praxis coherente con lo que vamos descubriendo que es el mal que difunde la expansión del neoliberalismo y la extrema derecha.

Sin esta perspectiva de la imperiosa necesidad de construir el bien común es imposible entender lo que Magnífica Humanidad plantea sobre la IA.

14. Por último, edificar en el bien requiere un lenguaje evangélico. Evitemos las palabras que

humillan o enfrentan. Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos.

No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles. Más bien, indiquemos

criterios de discernimiento —la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la

opción por los pobres, el cuidado de la Casa común, la paz— y traduzcámoslos en prácticas:

planificación responsable, evaluaciones del impacto humano y social, inclusión de los más

frágiles, alfabetización digital, investigación e industria orientadas a la justicia y la paz.

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Sobre el autor

David Álvarez Martin

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Madre.