La toma del gobierno pastoral de la Arquidiócesis de Santo Domingo por monseñor Carlos Tomás Morel Diplán es celebrada por muchos católicos practicantes como un rescate dispuesto por el Espíritu Santo para devolver a la Iglesia dominicana el brillo que merece como primada de América.
La renuncia del antecesor, ahora emérito arzobispo Francisco Osoria, no fue necesaria para que desde fines del pasado año el papa León designara a Morel Diplán como coadjutor con derecho a sucesión.
Pese al actual piadoso silencio sobre los motivos de aquella súbita defenestración, aun con la certeza de que Dios en su infinita misericordia puede perdonar divinamente a cualquier pecador arrepentido, le haría mal a la Iglesia y a la sociedad dominicana que los motivos revelados por la prensa en octubre pasado queden sin aclaración ni consecuencia si los merecieran.
Las graves revelaciones publicadas y nunca desmentidas no deben quedar sin castigo, sea para quienes difamaron o quienes hayan delinquido. Rehuir la responsabilidad de esa dura tarea será para los jóvenes y demás feligreses una desafortunada confirmación de que ni la Iglesia está libre de la fatal impunidad que corroe los fundamentos del orden público.
Para reconstruir cualquier edificio deben desecharse las piedras malas que debilitan o afectan su integridad, trátese en este caso figurado de quienes injurian o dañan reputaciones ajenas o los que destruyen la propia con malas acciones.
Nunca sobrarán oraciones para que cual sea lo que decida o permita Dios lo aceptemos, aunque es una obligación cristiana rogar también para que la justicia terrenal opere como una protección contra las corrupciones materiales castigadas por la ley.
leídas