Dos cuentos breves con temas que se bifurcan

Rafael García Romero
Rafael García Romero

La aldea global

El mundo, en un abrir y cerrar de ojos, se convirtió en una inconmensurable y convulsa sala de espera.

El último beso

Hay personas de alas blancas y vuelo alto, que llegan y se imponen en nuestra vida de manera franca, con su reserva de energía y un conjunto de hábitos adiposos e indivisibles.

Amarlas significa que no se puede echar a un lado sus defectos.

Así que con ese tipo de personas funciona, en cierto sentido, una forma muy específica de amar. Hay que quererlas de manera íntegra, con la gran carga de sus defectos y la apacible levedad de sus virtudes.

Así llegó una mujer a mi vida, pero yo encontré en todos sus defectos la razón de un vínculo fuerte y una conexión con mucho más valor que sus virtudes.

Así nació un amor puro entre nosotros. Ella, porque vivía de espaldas a sus defectos y yo porque alimentaba mi amor de las virtudes que hallaba en la parte de su vida maleada, llena de defectos.

Era culpable.

Totalmente culpable y obstinada con sus defectos. No la juzgo. Era la esencia, el corazón palpitante de su naturaleza.

No son defectos comunes.

Ante lo que yo veía como su perdición, me mantenía invisible, ecuánime, inmutable, distante.

Nunca discutía con ella.

Y no lo hacía. O más bien, lo evitaba porque sé que tiene una gran fortaleza.

Carga, pobrecita, tantos defectos en su conciencia, sin ninguna intención de redimirse.

No me obliga a quererla.

Hay días que ruge como una fiera y me estruja su defecto más ácido en la cara.

Eso la hacía feliz, lo disfrutaba a plenitud.

Es difícil de creer.

El trago de hiel de cada día se hizo habitual en mi cuerpo.

Tenía miedo de caer en una extraña e incontrolable adicción.

Una voz interior me ordenaba: Ricardo, resiste.

Resisto.

No sé cómo encuentro valor para conseguirlo.

Vivo apegado a la realidad de mi destino.

No hay forma de que ella, en alguna etapa de su vida, entierre sus defectos.

Tengo claro que sería pedirle una vida de luz y de color por fuera; y vacío, hueco o podrido todo su interior.

En realidad eran sus defectos y no sus virtudes lo que la hacían vivir una vida disoluta, sin complicaciones.

Nos casamos porque con otro hombre no sería feliz. Y conmigo tampoco lo sería, pero yo tenía un arma secreta.

Todos los días le decía, entre besos y muchos besos: “Te Amo”.

Tanto repetía ese “Te amo” a todas horas que me hice inmune a los dardos de sus defectos.

Así que un día nos casamos.

Ella escogió el 29 de febrero.

“Quiéreme como soy o vete”.

A eso temía, tiempo después del matrimonio, que desplegara sus alas blancas y levantara vuelo. Eso, asociado, además, a lo primero, que saliera de sus labios en cualquier momento.

Y para mí, creo que esa frase nunca estuvo entre sus pensamientos.

Nunca.

Estoy seguro.

Hay días que me divierto escuchándola.

“Yo estoy convencida de que no me amas. Te casaste conmigo porque eres un hombre extraño. Veo en ti un exótico coleccionista. Te encanta sentirte dueño de todos mis defectos; y tengo que aceptarlo: Eres un ángel”.

No hay nadie perfecto. —Eso pensé. No se lo dije—. Todos tenemos defectos. Y resulta tan evidente que no necesita demostración.

Entre los incontables defectos personales no estaba su sonrisa, franca y fresca, como un manantial.

No hablaba de relaciones fallidas.

Hubo otros hombres en su vida, a los que en algún momento se refirió:

—Ninguno era el adecuado.

Lacónica, sobria, pero eficaz.

Absolutamente discreta.

Vivía estrictamente sujeta a la línea de su cordura.

No mezclaba amores de otro tiempo con besos y caricias del presente.

—En el pasado —me dijo, aclarándome que hacía conmigo una excepción— tuve un amor de verano; y él, fruto de mis defectos, me llamaba, constantemente “La Desobediente”. Creo que lo merezco. Todavía hoy no es propio de mí seguir las reglas.

No dije nada.

—Y ese hombre de aquel verano —agregó ella—, plantó en mi corazón mi último invierno.

La palabra “invierno” me alertó y hago conciencia de que entre ella y yo hay una gran diferencia de edades. Yo, quince años más joven.

Un día me dijo:

—¡Bésame!

—No te amo. Tú lo sabes.

Quizá no era el mejor momento para decirlo.

—No olvides que soy un hombre extraño —agregué; y lo hice, convencido de que era la única verdad que tenía.

Sonríe. O yo tomé esa expresión de sus labios como una sonrisa evanescente.

—No importa. Ven.

Apenas le salió la voz.

Estaba en la cama. Y yo, de inmediato, obediente, me incliné hasta alcanzar sus labios.

El tiempo se ensañó con ella y la carga de los años hizo que perdiera el dominio pleno de su cuerpo. No podía negarme a su deseo, porque, además, lo evidente se veía en la expresión de su mirada y que ya no podía ocultar: ese era el último beso que me pedía.

Sobre el autor

Rafael García Romero

Rafael García Romero. Novelista, ensayista, periodista. Tiene 18 libros publicados y es un escritor cuya trayectoria está marcada por una audaz singularidad narrativa, reconocido como uno de los pilares esenciales de la literatura dominicana contemporánea. Premio Nacional de Cuento Julio Vega Batlle, 2016.