Documento contrarrevolucionario sin precedentes
Así, como se lee en el título de este artículo, calificó un juez de instrucción el poema de Ósip Mandelstam del otoño de 1933, nunca publicado, pero, sí aprendido de memoria y transcrito por algún delator.
El poema fue la causa de la primera detención del gran poeta ruso, en mayo de 1934, y de su exilio en Vorónezh durante los siguientes tres años, hasta el aviso de deportación a Siberia. Muere de tifus en un campo de tránsito hacia aquella inhóspita región, en diciembre de 1938. El llamado “Poema contra Stalin” reza de esta forma: “Vivimos insensibles al suelo bajo nuestros pies,/ nuestras voces a diez pasos no se oyen./ Pero cuando a medias a hablar nos atrevemos/ al montañés del Kremlin siempre mencionamos./ Sus dedos gordos parecen grasientos gusanos,/ como pesas certeras las palabras de su boca caen.
/ Aletea la risa bajo sus bigotes de cucaracha/ y relucen brillantes las cañas de sus botas./ Una chusma de jefes de cuellos flacos lo rodea;/ infrahombres con los que él se divierte y juega./ Uno silba, otro maúlla, otro gime,/ solo él parlotea y dictamina./ Forja ukase tras ukase como herraduras/ a uno en la ingle golpea, a otro en la frente,/ en el ojo, en la ceja
./ Y cada ejecución es un bendito don/ que regocija el ancho pecho del Osseta”. Fue traducido del ruso por Lydia Kúper. Esta es la versión memorizada por la esposa del poeta, Nadiezhda Mandelstam, y publicada en sus memorias.
Pero, el juez de instrucción tenía a manos la primera versión, contentiva de un cuarto verso que leía: “Se oye tan solo al montañés del Kremlin, asesino y exterminador de mujiks”. Este dato, confesó Ósip a Nadiezhda, era suficiente para saber quién, de entre los intelectuales cercanos, había informado sobre la existencia del poema a los organismos represivos soviéticos. Un dato, demás está subrayarlo, demasiado apegado a la realidad.
Lo cierto es que Mandelstam había sido purgado desde 1923 de entre la intelectualidad supuestamente revolucionaria, debido a su concepción acmeísta o europea de la literatura y la cultura, dado que fue borrado de todas las listas de colaboradores literarios autorizados a publicar en revistas y a devengar emolumentos por ello.
Era la típica condena extrajudicial a la mendicidad y luego, la acusación, como a Joseph Brodsky, de parasitismo social.
En un momento del relato autobiográfico de la esposa de Mandelstam, acusada de complicidad por acompañar al poeta, esta afirma con absoluta tranquilidad: “Jamás habíamos dudado de que pagaría con su vida este poema”. Ella le invitó en más de una ocasión a que se suicidaran juntos, pues, el peso de la represión dictatorial se hacía insoportable.
Él se negaba diciéndole: “La vida es un don al que nadie tiene derecho a renunciar”. Y en varias ocasiones, en medio de la miseria y el acoso represivo policial, en medio del frío y la enfermedad sicótica que la persecución generó en el poeta, este llegó a decirle a su compañera de infortunio: “¿Por qué se te ha metido en la cabeza que debes ser feliz?”.
No era resignación lo que imperaba en el estado de ánimo y la conciencia del autor de “La piedra”, “Tristia”, “Nuevos poemas”, “Cuadernos de Vorónezh”, “Sobre la poesía rusa” y “Coloquio sobre Dante”, entre otros, sino, un extraño sentido de la esperanza, una inquebrantable decisión de apegarse a la vida por mor de la palabra, una gran fe en la confianza en la cultura como forma de salvar la sociedad.
Mandelstam mantuvo, hasta sus últimas fuerzas, la unidad armónica entre la palabra y la vida. He ahí su peligrosidad.
