Dirección del nuevo crecimiento económico en tiempos difíciles

Economista Tomás D. Guzmán Hernández
Economista Tomás D. Guzmán Hernández

Casi todos conocemos los pronósticos sobre el crecimiento económico de nuestro país para 2026. Las estimaciones oscilan entre un 3.5 % y un 4 % del PIB y, si se contrastan con los resultados observados durante el primer trimestre del año, dichas proyecciones podrían cumplirse, según reflejan las estadísticas publicadas por sectores clave de nuestro modelo económico, sustentado principalmente en los servicios.
El escenario internacional y su comportamiento desde el inicio del año han sido atípicos y controvertidos.

Existe un temor creciente a una desaceleración económica que ha llevado a muchos agentes del sector privado y financiero a actuar con cautela en la toma de decisiones de inversión.
La tasa de interés activa de la banca comercial constituye un factor decisivo para el desarrollo de nuevas inversiones. Su comportamiento depende, en gran medida, de la política monetaria de la Reserva Federal de los Estados Unidos (FED). Los mercados observan con atención cualquier cambio en la dirección de dicha institución, especialmente en momentos en que varios países han reducido sus posiciones en bonos del Tesoro estadounidense.

Diversas economías han disminuido recientemente sus tenencias de deuda pública de Estados Unidos como parte de una estrategia de reconfiguración de reservas internacionales. Entre los principales desinversores figuran China, cuyas tenencias se encuentran en sus niveles más bajos desde 2008, así como Japón, Canadá, India y Brasil.


A pesar de estas reducciones, Japón continúa siendo el mayor tenedor extranjero de bonos del Tesoro estadounidense, con aproximadamente 1.19 billones de dólares, seguido por el Reino Unido con 926 mil millones y China con alrededor de 652 mil millones de dólares.


En ese mismo contexto, países como China ya citada, India, Brasil, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos han disminuido significativamente también su exposición a la deuda estadounidense, diversificando sus reservas hacia activos alternativos, especialmente el oro. Este fenómeno contribuye a explicar la tendencia alcista que ha experimentado el metal precioso en los mercados internacionales durante los últimos años.


Las constantes fluctuaciones derivadas de la nueva arquitectura geopolítica mundial y de la competencia entre las principales potencias —Estados Unidos, China y Rusia— han generado un entorno de incertidumbre que limita la confianza de inversionistas y consumidores. A partir de este año, las expectativas económicas se mantienen bajo reserva debido al temor de que algunas de las regiones que venían creciendo de manera sostenida entren en procesos de desaceleración.


El optimismo económico dependerá, en gran medida, de la capacidad de las grandes potencias para promover la estabilidad internacional, preservar la paz y fortalecer las relaciones comerciales con sus socios estratégicos. Las proyecciones de crecimiento para los próximos años apuntan a una moderación respecto a las tasas observadas antes de las recientes crisis internacionales. En consecuencia, se espera que una parte importante del crecimiento futuro descanse sobre programas de inversión pública y recomposición del gasto gubernamental.


Un deterioro significativo de la productividad laboral resultaría particularmente preocupante si se compara con el desempeño observado durante la década anterior. Un crecimiento económico lento suele generar efectos desiguales dentro de la sociedad, afectando con mayor intensidad a los sectores más vulnerables.


En este contexto, el sector exportador dominicano desempeñará un papel fundamental. Una mayor diversificación de las exportaciones contribuirá a fortalecer el ingreso de divisas, ampliar las reservas internacionales y reforzar la estabilidad macroeconómica del país.


Es razonable suponer que el prolongado período de tasas de interés reales excepcionalmente bajas está llegando a su fin. Como consecuencia, los flujos de capital provenientes de las economías avanzadas hacia los mercados emergentes podrían dirigirse a un costo más elevado, en un entorno de mayor competencia por recursos financieros.


El año 2026 será determinante para despejar incertidumbres y sentar las bases de una nueva etapa de crecimiento. La expansión económica dependerá cada vez más de nuestra capacidad exportadora y de una mayor inserción en los mercados internacionales. Asimismo, la innovación tecnológica será uno de los pilares fundamentales para impulsar el crecimiento sostenido de la productividad laboral.


El economista keynesiano Alvin Hansen, asesor de los presidentes Franklin D. Roosevelt y Harry S. Truman, publicó en 1941 su obra Política Fiscal y Ciclo Económico, uno de los primeros trabajos académicos que incorporó plenamente el análisis keynesiano de la Gran Depresión y defendió la inversión pública como instrumento para estimular la actividad económica. Hansen es considerado el padre del concepto de "estancamiento secular". En un discurso pronunciado ante la American Economic Association en 1938, advirtió que el progreso tecnológico de la época era insuficiente para generar una tasa de inversión capaz de evitar un escenario persistente de desempleo elevado.


Medio siglo después, en 1987, en vísperas de la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación, el economista estadounidense Robert M. Solow, Premio Nobel de Economía ese mismo año, formuló una observación que se hizo célebre: “La era de la informática puede verse en todas partes, excepto en las estadísticas de productividad”. Su reflexión destacaba que muchos de los beneficios derivados de la innovación tecnológica no quedaban plenamente reflejados en las mediciones tradicionales del PIB.


La desaceleración del crecimiento de la economía estadounidense no es una ficción, sino un fenómeno observable. Sin embargo, el avance acelerado de la inteligencia artificial y la automatización podría transformar radicalmente los procesos productivos. La sustitución de tareas repetitivas por sistemas automatizados tiene el potencial de elevar la productividad laboral a ritmos superiores al 2 % anual, aunque también plantea importantes desafíos sociales y laborales.


Finalmente, la incorporación de nuevas y revolucionarias herramientas de las tecnologías de la información y la comunicación permitirá reorientar sectores estratégicos de la economía y contribuirá a generar un mayor dinamismo en nuestro aparato productivo. La capacidad para adaptarnos a estos cambios determinará, en buena medida, la dirección del crecimiento económico en los años venideros.

Sobre el autor

Tomás Guzmán Hernández

Economista y contador público, egresado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) con maestrías en Administración Pública (PUCMM), Manejo Sostenible del Agua (PUCMM), Contabilidad Tributaria (UASD) y Riesgo de Desastres y Gobernanza del Cambio Climático (Universidad Alfonso X el Sabio (UAX) Madrid, España)