Dinero, odio y poder
La neurocirujana cubana, Hilda Molina, refiere la peligrosidad de la triangulación de las condiciones de dinero, odio y poder. Precisa que esos elementos son capaces de convertir a cualquier persona, sobre todo si tiene ínfulas o delirios de grandeza, en un, o una, psicópata social.
El mundo vive momentos en los que la solidaridad parece un gesto escaso, la sensibilidad un lujo olvidado y la humanidad un valor en decadencia y en los que se ponen de manifiesto tres fuerzas que se entrelazan con una intensidad peligrosa: dinero, odio y poder.
La combinación de esos factores no es nueva, con la gravedad de que hoy se percibe en forma más descarnada, más visible y, lo peor, más normatizada en el comportamiento colectivo.
La historia ofrece ejemplos claros del daño que provoca la combinación de poder, odio y dinero. El régimen nazi en Alemania mostró cómo el poder político se sostuvo en el odio institucionalizado y en el dinero de corporaciones que se beneficiaron de la guerra.
En América Latina, las dictaduras militares del siglo XX repitieron la fórmula: represión contra opositores, alianzas económicas con élites y un discurso de odio que justificaba la violencia.
En el país, la dictadura de Trujillo es un caso emblemático en torno al que basta recordar que su poder absoluto se sostuvo en el miedo y el odio hacia quienes se atrevían a desafiarlo, mientras el dinero circulaba entre las élites que se beneficiaban de su régimen.
La sociedad quedó atrapada en un círculo de corrupción y silencio, donde la humanidad se reducía a obediencia y supervivencia.
Hoy, además, emerge un fenómeno distinto y alarmante: individuos que, sin dinero ni poder, pero llenos de odio y resentimiento, se convierten en psicópatas sociales que parecen no reparar en la dimensión de sus actos.
Son personas que agreden sin pudor a niños, mujeres, ancianos y trabajadores, descargando frustraciones contra los más vulnerables. No necesitan estructuras de poder ni grandes riquezas para ejercer daño; basta con el vacío moral y la ausencia de empatía.
Este rostro de la violencia muestra que el odio, por sí solo, puede calcinar la convivencia y corroer la humanidad.
La conjunción de poder, odio y dinero sigue siendo un triángulo oscuro, pero ahora debemos reconocer que el odio aislado también se ha convertido en un motor de deshumanización y, lastimosamente, en ambos casos, el resultado es el mismo: erosión de la convivencia y la fragmentación familiar y social.
Este diagnóstico debe ser un espejo y una oportunidad para que surjan algunas preguntas: ¿qué valores hemos dejado atrás? ¿Qué estímulos necesitamos para recuperar la solidaridad, la sensibilidad y la humanidad? La respuesta no está en negar la existencia de las acciones dañinas de gentes que no merecen otro calificativo que el de psicópata.
La Fundación Vida Sin Violencia informó, en ocasión del Día Internacional de la Mujer, que el país registra en sus dos primeros meses, la muerte de unas 18 mujeres a manos de sus parejas o exparejas, frente a seis casos registrados por la entidad en el mismo período del 2025.
Un hombre que mutila a una mujer, otro que lanza el cuerpo de una en un tanque de basura; otro que lanza a su víctima en un desagüe, grupos de estudiantes que agreden a un profesor en pleno centro de educación; una maestra que obliga a una niña de dos años de edad a tragarse sus propios vómitos; un abuelo que viola a su nieta desde los siete años de edad, por lo que ahora la niña, que ahora tiene doce años, tiene enfermedades sexuales.
No son historias aisladas, son fragmentos de una misma tragedia generada por la violencia que se repite, que se multiplica, que se instala en nuestras casas, en las escuelas, en las calles.
Cada acto es un espejo roto de nuestra sociedad, cada víctima un grito que exige ser escuchado.
¡Todo esto es mucho con demasiado!
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