Dialéctica, miedo y verdad

José Mármol
José Mármol

En las distintas etapas de la historia de la humanidad, el miedo ha constituido una retranca para la libertad de pensamiento.

Miedo y dominio han operado como mancuernas del ejercicio del poder fáctico. En la actualidad, el poder corrupto pretende castrar el pensamiento crítico mediante la amenaza, el chantaje, la manipulación, el terror.

La Teoría Crítica tiene en la discusión de Davos de 1929 un referente importante acerca de la dirección que, a partir de la herencia kantiana y hegeliana, habría de tomar el pensamiento crítico europeo del período de entre guerras y de prácticamente todo el siglo XX.

Horkheimer, por su parte, reivindica el idealismo subjetivo y el trascendentalismo kantianos, para contextualizarlos en la vertiente del materialismo histórico.

Adorno, que se doctoró en 1931, en Frankfurt, con un trabajo de investigación sobre Kierkegaard, y luego, en 1956, durante su exilio, se doctoró en Oxford con un trabajo sobre Husserl, pone en entredicho la filosofía fenomenológica husserliana y reivindica la fenomenología y la dialéctica en Hegel. No se llega, afirma, a las cosas mismas, sino, a las manifestaciones de estas.

Esta convicción cambia la tarea de la filosofía, llevándola a “pensar lo impensable, decir lo indecible”. Impera aquí el método dialéctico negativo, en el que las indagaciones acerca de las artes visuales y la pintura, es decir, acerca de la estética tienen enorme importancia.

Apoyándose en W. Benjamin y en el marco de la conferencia dictada en 1973 bajo el título “Actualidad de la filosofía”, Adorno afirma:

“No es tarea de la filosofía investigar intenciones ocultas y preexistentes de la realidad, sino interpretar una realidad carente de intenciones mediante la construcción de figuras, de imágenes a partir de los elementos aislados de la realidad, en virtud de las cuales alza los perfiles de cuestiones que es tarea de la ciencia pensar exhaustivamente”.

Y agrega: “…una tarea a la que la filosofía sigue estando vinculada, porque su chispa luminosa no sabría inflamarse en otra parte que no fuera contra esas duras cuestiones”.

Lo intencional y lo significativo de la realidad es el materialismo, al que podemos llegar a través de una “filosofía interpretativa”.

Define el programa de todo “auténtico conocimiento materialista” como la interpretación “de lo que carece de intención mediante composición de los elementos aislados por análisis, e iluminación de lo real mediante esa interpretación”.

A la relación entre la realidad y el concepto con que se la interpreta, en cuya dinámica se establece una tensión por “superación”, llama Adorno “dialéctica”. Concluye: “Sólo dialécticamente me parece posible la interpretación filosófica”.

Horkheimer establece, en su “Crítica de la razón instrumental”, de 1947, que la filosofía “no es ni una herramienta ni una receta”; que ser leal a ella significa “no permitir que el miedo disminuya nuestra capacidad de pensar”.

Al concebir las nociones como fragmentos de una verdad, permite a la filosofía su tarea más importante: la de construir “la verdad” a partir de esos mismos fragmentos. Al combatir la escisión entre las ideas y la realidad subraya la necesidad de una comprensión dialéctica de la relación entre espíritu y naturaleza, entre sujeto y realidad.

Esa comprensión conduce a la filosofía a procurar los contenidos verdaderos de las ideas culturales y relacionarlos con el fondo social del que proceden.

“La filosofía –dice- combate la escisión entre las ideas y la realidad”. Su misión es la de criticar la relación entre lo existente y sus principios conceptuales, para luego trascenderlos. De este procedimiento negativo adquiere la filosofía su “carácter positivo”. Desterremos, pues, el miedo actual a cuestionar la realidad. Temor y verdad son incompatibles.