“Día por día”
La estolidez, carecer de razón y discurso, puede disfrazarse de falsa virtud cuando ocurre en octogenarios arrepentidos.
Me refiero a un asombroso reportaje de hace algún tiempo donde un abogado (¡vivo!) de notoria prosapia confiesa que su momento de mayor brillo en la vida pública, que comoquiera fue opacado por luces mayores de contemporáneos, fue dizque el peor momento de su existencia.
Espanta leer tal cosa. No porque sea mentira, sino porque quien lo dice posee fama de prudente –forma elegante de algunas cobardías— y esperó más de medio siglo para revelar sus verdaderos sentimientos, cuando ya están fallecidos quienes le distinguieron quizás inmerecidamente.
¡Nunca antes lo dijo! Este conveniente arrepentimiento, impostado o real, desluce sólo a su taimado dueño, según quien aquella regalada principalía fue “lo peor que pudo sucederme en la vida”, o sea más horroroso que los foetazos de La 40.
Sus creídos colegas, auténticos héroes con obra, deben revolcarse en sus tumbas ante esta trapaza o traición. La ancianidad, dijo Borges, muestra lo auténtico. ¡Qué triste desengaño!
