“Día por día”
Extranjeros metiches con hacha que afilar, al ocuparse de la relación entre Haití y Santo Domingo, lucen creer que –como ellos— los pensantes criollos recién descubren el tema.
¿Cómo no pensar duro y sin embotamiento sobre la peor amenaza continua de disolución de la dominicanidad?
Por ejemplo, Bosch –con quien conversé mucho hace casi 30 años— meditó profundamente acerca del vecino occidental.
Y en una reciente reimpresión del libro de Franklyn Almeida sobre el PLD y las fuerzas sociales, encontré una idea que don Juan me explicó en nuestras pláticas.
Bosch estaba convencido que si Santo Domingo no logra altas tasas de crecimiento económico terminaríamos “convertido en otro Haití”.
Decía que República Dominicana arriesgaba quedarse como “un país sin perspectivas de progresar, sin posibilidades de desarrollo porque generará más problemas que medios para resolverlos”.
Esta visión es más realista que su vieja carta a poetas, esgrimida para venderlo como un corderito ante los peligros de la incesante involución haitiana. Aunque no lo parezca, muchos dominicanos tenemos ideas propias y claras sobre Haití.
