Hay tránsitos que inciden en los cambios que experimentamos en la vida; uno de ellos se produce al abandonar la infancia. Esa primera fase de inconsistencias, caprichos e incomprensiones, nos configura hacia la antesala de la adolescencia, etapa que nos asume con su impetuosidad y nos va abriendo pasos, aunque con actitud permisiva y laxa frente a las responsabilidades y las consecuencias de nuestros actos.
A este listado de sucesos, momentos trascendentales y etapas vitales, debemos incluir la conclusión de la vida escolar, la entrada a la universidad, el primer trabajo, la primera experiencia amorosa, la sagrada decisión del matrimonio, en fin, muchas “primeras veces” que nos impactan, nos transforman, y nos vuelven distintos. Empero, ninguna sensación, tan contundente, tan determinante y estremecedora como la de ser padre.
Primeras sensaciones
Nunca me sentí tan absorto y cautivado hasta que sostuve a mi primera hija en brazos y nuestras miradas conectaron. Mis manos fueron soporte de una prematura y frágil anatomía que provista de toda inocencia se volvió motivación, centro y fundamento de mi existir.
Después que soy papá aprendí que el amor no se mide en grandes gestos, sino en la manera en que múltiples ejemplos se manifiestan: cuando uno se despierta a las tres de la mañana sin mayores objeciones para procurarle asistencia; en cómo cambia la voz cuando se relata un cuento; en la paciencia que uno no sabía que podía fabricar, etc.
Aunque la primera de mis hijas marcó el camino, el nacimiento de la segunda, fuerte, vital, impetuosa, profundizaron mi convicción y compromiso. La tercera, adorable, risueña, libre, extrovertida, completó la cosecha, y en ella, se consolidó el más anhelado y concebido de los sueños: la familia.

Las chicas que ocupan mi tiempo, mi amor, mi hogar, mis sueños y desvelos, me han enseñado que hay una versión de mí que sólo existe cuando ellas están cerca, y que esa edición, con todas y sus imperfecciones, es probablemente la más honesta de todas.
Después que soy padre, dejé de ser centro de mi propia historia para convertirme en el margen protector de ellas. Antes creía saber lo que era el tiempo. Lo medía en proyectos, en metas, en la ansiedad legítima de quien construye una carrera. Después que soy padre entendí que el tiempo verdadero se mide en la estatura de una hija que cada año te obliga a bajar menos la mirada para hablarle a los ojos.
Después que soy padre descubrí que la autoridad no se impone, se construye principalmente con el ejemplo. Ellas me observan con atención y sobrado rigor, siendo más implacables que cualquier crítico que haya enfrentado en toda mi vida pública. No le interesan mis discursos; más bien le atrae el camino de mis actos.
Después que me convertí en papá aprendí que la ternura no envejece ni se agota, aunque uno tema a veces que sí. Es por ello que en gestos y estímulos pequeños transformados en abrazos, en bendiciones, o en improvisadas charadas, encuentro la razón última de cualquier esfuerzo que haga por y para ellas.
Mis hijas desconocen de protocolos y cálculos; sólo advierten presencia o ausencia, y de esa distinción tan simple depende, en última instancia, si su padre cumplió o no con lo esencial de su rol.
He ocupado espacios públicos, he hablado ante auditorios, he escrito sobre cultura y política, pero ningún discurso me ha exigido tanta exigencia como explicarle a una adolescente el porqué del mundo, a veces injusto, y de por qué no hay razón para dejar de intentar mejorarlo. Después que soy padre, la política dejó de ser sólo vocación; se volvió también responsabilidad compartida, un legado que quiero que conserven con lozanía.
Una que otra confesión
Confieso que también he fallado, esta labor parental no siempre es exacta ni perfecta, carece del sentido de la precisión, por tanto, gestionarla diariamente supone nuevos retos. En el devenir del tiempo he llegado tarde a alguna función escolar, he estado físicamente presente y mentalmente ausente en alguna cena familiar, distraído por las urgencias que la vida pública siempre inventa para intentar robarnos lo verdaderamente importante. Pero después que soy padre aprendí a pedir perdón sin que eso me disminuyera, porque la humildad frente a mis propias hijas es la forma más noble y consecuente de ejercer autoridad moral.
Mis hijas representan tres estaciones distintas de un mismo resultado, y cada una me ha enseñado diferentes maneras sobre el amor de padre y sus responsabilidades. Con la mayor aprendo cada día de su creatividad; con la del medio, me contagio de su humor, de la firmeza de sus propósitos; con la menor, el arte —cada vez más raro en este siglo— de simplemente jugar, sin agenda ni reloj que nos obstruya.
En una sociedad como la nuestra, que a veces confunde la paternidad con la provisión material, quiero insistirle en este apartado: después que soy padre entendí que ningún regalo sustituye tiempo de atención genuina. Se puede dar mucho y estar ausente; se puede tener poco y estar completamente presente. Elijo cada día ser parte de la vida de mis hijas.
Con ocasión del recién finalizado Día de los Padres no pretendo celebrar un título ni una fecha en el calendario; más bien destaco la transformación continua que experimenta mi familia, sin ceremonias ni pausas. Celebro haber aprendido, gracias a mis cuatro jóvenes mujeres, —encabezada por la lideresa del hogar— que aún llevando mi apellido y mucho de mi carácter, servir a un país empieza por servir bien en la propia casa.
Si anhelo una conquista que valga la pena recordarse, es por haber sido, ante todo, un padre presente. Después que soy papá entendí que esta es la característica más elocuente, distintiva y singular para conformar una auténtica y consecuente biografía.
Miranda, Sofía y Ximena, gracias por hacer de mí, cada día, alguien más humano y más comprometido de lo que era antes de ustedes.