Desigualdad y redistribución del ingreso. Un desafío permanente

Economista Tomás D. Guzmán Hernández
Economista Tomás D. Guzmán Hernández

Un tema preocupante para todos los gobiernos es el que se refiere a la desigualdad social. En las últimas dos décadas se ha tratado de combatir con ayudas sociales de todo tipo, preparadas para focalizar aquellos estratos poblacionales más golpeados por el desempleo, la marginalidad y la falta de oportunidades que caracterizan los llamados cinturones de miseria de las principales ciudades, carentes de todo tipo de servicios.

Una creciente desigualdad económica requiere de muchos enfoques porque deriva en trastornos sociales que vemos a diario: delincuencia, drogas, prostitución, asesinatos, feminicidios, suicidios, embarazos a temprana edad, hogares disfuncionales, sociedades polarizadas, subsidios mal enfocados, entre otros.

Al igual que la desigualdad, la redistribución y la forma de medirla marcan diferencias sustanciales tanto para el análisis como para las políticas.

Pasemos a definir qué es la desigualdad. Es complejo, como casi todos los conceptos económicos. Todos sabemos que el PIB calcula el producto total de una economía; la desigualdad, en cambio, se asemeja más a la competitividad: cualquier medida simple es un intento de reducir una cuestión compleja a un solo número.

La mayoría de los datos sobre la desigualdad económica en República Dominicana provienen principalmente del fusionado ex Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo (MEPyD) y de las encuestas de hogares de la Oficina Nacional de Estadística (ONE), junto con el Banco Central y las cuentas nacionales, responsables de coordinar y generar las estadísticas oficiales al respecto.

Según el MEPyD y la ONE, la tasa de pobreza monetaria en 2025 se ubicó en 17.3 %, lo que representó una disminución de 1.7 % respecto a 2024. En 2024 se situó en 19.0 %, mientras que en 2023 la tasa de pobreza era del 23 %, lo cual demuestra su tendencia a disminuir.

La pobreza extrema disminuyó del 3.2 % en 2023 al 2.4 % en 2024. La población total, según el último Censo de 2022, fue de 10,760,028 habitantes (ver Estadísticas Oficiales de Pobreza Monetaria en Rep. Dom. 2025. Boletín Anual. Viceministerio de Economía).

Las encuestas son costosas y complejas. Su representatividad muchas veces es cuestionada, ya que es difícil entrevistar a los ricos, y a menudo los investigadores quieren comparar la desigualdad entre diversos periodos.

El índice de Gini es el indicador síntesis más utilizado para medir la desigualdad al interior de los países. Mide específicamente la diferencia media de ingresos entre dos hogares (o individuos) cualesquiera, elegidos al azar entre toda la población.

Varía desde cero, cuando todos los hogares reciben el mismo ingreso, hasta 1, cuando un solo hogar concentra todo el ingreso. Mientras más cerca de 1, más desigual es la distribución de la riqueza de una sociedad. Es muy útil para comprender las implicaciones macroeconómicas y los determinantes globales de la desigualdad de ingresos.

En nuestro caso, los últimos datos son los siguientes: en 2022 fue de 0.37; en 2023, de 0.38; y de 0.384 en 2024, mientras que en 2025 fue de 0.39. Esto indica que se mantiene en un grado razonable en cuanto a la distribución del ingreso. Pero en todos los países la proporción que reciben los muy ricos —el 1 % o el 0.1 % superior— ha concitado siempre gran atención, porque ha aumentado mucho en algunos países. Dicho aumento está tan concentrado en el extremo más alto de la distribución que impacta a toda la sociedad y acentúa las diferencias sociales.

El problema de la concentración de la riqueza, medido por el crecimiento del PIB de año en año, está en la capacidad de los extremadamente ricos de influir en el proceso de toma de decisiones políticas. Tal como lo observó un juez ya fallecido de la Corte Suprema de Estados Unidos, Louis Brandeis: “Podemos tener democracia, o podemos tener riqueza concentrada en pocas manos, pero no podemos tener ambas”.

El premio Nobel de Economía de 2001, Joseph Stiglitz, sostiene que el foco tradicional en el índice de Gini impide a muchos analistas percibir las consecuencias del aumento de los ingresos más altos en la evolución del poder político en Estados Unidos.

Desigualdad y crecimiento

Pueden existir muchos mecanismos para vincular la desigualdad y el crecimiento, como por ejemplo el efecto de la desigualdad en la capacidad de los pobres y la clase media para invertir en capital humano (preparación y capacitación); en la estabilidad política y, de ese modo, en los incentivos para la inversión; en la cohesión social y la capacidad de resistir y ajustarse a los shocks; y en las presiones políticas a favor de la redistribución que puedan neutralizar los incentivos y, por consiguiente, frenar el crecimiento.

De todos estos factores señalados, luego de estudiar varios países en una amplia muestra, se concluyó que una mayor desigualdad se vincula con un estancamiento del crecimiento.

La atención se centra actualmente en que la desigualdad se combate con la redistribución del ingreso. Mayor salud, educación de calidad, alimentación, infraestructuras, planes sociales, hospitales, escuelas y universidades de calidad son el pan nuestro de cada día.

Se presenta el caso de que los países con mayor desigualdad tienden a redistribuir poco y, por tanto, necesitan estudiar la vinculación entre el mercado y la forma en que distribuyen el producto, porque la desigualdad neta mezcla los efectos de esas diferencias de mercado subyacentes y los de la redistribución. Es imposible acceder al mercado si no se reciben ingresos, lo cual ata el empleo y subempleo de una amplia capa de la PEA (Población Económicamente Activa) que busca trabajo y no lo consigue.

Otro caso se presenta cuando aquellos países con alto grado de desigualdad tienden a redistribuir mucho, y tal redistribución (tasas impositivas más altas, subsidios) debilita los incentivos para trabajar e invertir.

La redistribución no es entonces un tratamiento para combatir la desigualdad, sino parte del problema en cuanto al impacto sobre el crecimiento.

En sentido concreto, la redistribución es más difícil de medir que la desigualdad. La mayoría de los estudios se han concentrado en variables representativas de la redistribución, entre las que se encuentran el gasto en salud, educación y subsidios sociales, por una parte, y los ingresos públicos totales o las tasas impositivas, por la otra.

Muchos impuestos, como los que recaen sobre la nómina salarial o las ventas, pueden no ser particularmente progresivos. Asimismo, el gasto social puede o no beneficiar principalmente a los grupos de menores ingresos. Por ejemplo, gran parte del gasto educativo en países como el nuestro se concentra en infraestructura y pago de nómina, en vez de mejorar la calidad educativa, principal problema de los estudiantes.

En salud, gran parte del gasto se concentra en hospitales urbanos que quizá no se focalizan adecuadamente, en lugar de los rurales que atienden a ciudadanos pobres.

Históricamente hemos avanzado mucho. Por ejemplo, en los años 70, en los países de América Latina la desigualdad del consumo tenía una relación bastante previsible con la desigualdad del ingreso disponible.

Pero, en conclusión, hoy día podemos decir que las sociedades más desiguales tienden a redistribuir más, no solo los países ricos, sino también economías que están en vías de desarrollo.

Una desigualdad neta más baja tiene una alta correlación con un crecimiento más rápido y duradero. Nosotros teníamos más de una década creciendo al 5 % del PIB, cercano al potencial, pero de un tiempo hacia acá esto ha variado debido a un entorno internacional impredecible. Para un mejor nivel de desarrollo es necesario que disminuya la pobreza mediante la redistribución y que estos resultados se reflejen en las estadísticas oficiales.

Finalmente, la redistribución —medida como la diferencia entre la desigualdad de mercado y la neta— parece ser generalmente benigna en términos de su impacto en el crecimiento a lo largo de estos años.

Sobre el autor

Tomás Guzmán Hernández

Economista y contador público, egresado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) con maestrías en Administración Pública (PUCMM), Manejo Sostenible del Agua (PUCMM), Contabilidad Tributaria (UASD) y Riesgo de Desastres y Gobernanza ...