La desaparición de personas es una realidad cada vez más preocupante. Aunque desaparecer en el país no siempre significa morir, en muchos casos se traduce en una condena a vivir sin respuestas para las familias de quienes un día no regresaron.
Existen casos recientes y otros que arrastran años de silencio, en los que los parientes continúan esperando noticias que nunca llegan. Esa ausencia de información incrementa, con el paso del tiempo, la incertidumbre, la desesperanza y el dolor, agravados además por la escasa solidaridad social una vez se disipa la atención mediática.
Casos relativamente recientes, como el de la turista Sudiksha Konanki, desaparecida a principios de marzo del año pasado mientras vacacionaba en un hotel de Punta Cana; el niño Roldany Calderón, en Jarabacoa, a finales de marzo del mismo año; y el de Briana Genao, en Puerto Plata, a finales de diciembre pasado, han dejado más preguntas que respuestas en la sociedad dominicana.
¿Qué pasó con ellos?, ¿por qué y cómo desaparecieron sin dejar rastro alguno?, ¿dónde están? Son interrogantes que muchos nos hemos planteado en algún momento. Sin embargo, la respuesta sigue siendo la misma: nadie sabe.
Estas preguntas sin respuesta también se aplican a otros desaparecidos de los que no se ha vuelto a saber. Tal son los casos de Alexander Sang Díaz, un joven de 18 años que se extravió en 2022, y de Manuel Antonio Marte Rodríguez, estudiante universitario de 22 años, desaparecido en septiembre del mismo año. A la fecha, no hay información clara sobre su paradero, como tampoco de muchos otros.
El año pasado fue creada la Asociación Dominicana de Familias Desaparecidas (Asodofade), la cual ha advertido que más de 2,000 personas permanecen desaparecidas en el país. Esta cifra, lejos de tranquilizar, profundiza la preocupación y evidencia la magnitud de un problema que no puede seguir siendo tratado con indiferencia.
Es justo reconocer que, en casos como los de la turista extranjera, el niño de Jarabacoa y la niña de Puerto Plata, las autoridades han desplegado una labor intensa, empleando importantes recursos en las labores de búsqueda.
No obstante, persiste una deuda evidente: la lentitud en las respuestas y la falta de un acompañamiento integral y sostenido a las familias que permanecen atrapadas entre la esperanza y la desesperación.
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José Miguel de la Rosa
Egresado de la carrera de Comunicación Social, mención Periodismo, por la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA). Posee diplomados en comunicación política, periodismo de datos, periodismo digital, entre otros. Cuenta con más de 13 años de experiencia en el ejercicio periodístico, co...